• Mar. 6, 2019, 8:35 a.m.

Hace cuatro años fui diagnosticada con cáncer de seno. La batalla comenzó el siete de Febrero cuando recibimos el diagnóstico, pero saliendo del consultorio del radiólogo, mi esposo me dijo: “Todo es para bien a los que amamos al Señor”, es una promesa que está en Romanos 8:28. De ahí me agarré para enfrentar lo que hasta hoy ha sido la prueba más grande de mi vida. Después de las cirugías, el oncólogo me dijo que debía recibir tratamiento de quimioterapia. Me fui a los Estados Unidos con la esperanza que allá me dijeran lo contrario, pero no fue así. 

En el hospital hay un piso para el área de quimioterapia. Hay cubículos donde está la silla reclinable del paciente, un sillón para el acompañante y una televisión. En el piso, que es solo de adultos, generalmente estaban más de la mitad de los cubículos ocupados.  Cuando iba por mi tercera sesión, escuché un alboroto en el área cerca de la recepción; gente riéndose, de repente tres campanazos, gritos y aplausos. Le pregunté a la enfermera qué pasaba y me contó que era una tradición, que el día de la última sesión de quimioterapia la persona toca una campana tres veces. Durante los cuatro meses y medio que duró mi tratamiento, me tocó escuchar los campanazos más de una vez. Cada vez que los escuchaba o que pasaba cerca de la campana, me llenaba de esperanza de saber que un día me tocaría a mí.

El día llegó, recuerdo haberme levantado tempranito para alistarme con calma. La noche anterior había escogido mi ropa, una blusa rosada y un pañuelo colorido para mi cabeza pelona. Cuanto me estaba bañando sentí algo muy fuerte en mi corazón: el deseo de ir a cada cubículo a decirle a las personas que la campana la iba a tocar por mí, pero también por ellos, por su sanidad. Lloré de la emoción. Cuando llegué al hospital, hablé con la jefa de enfermería para que me autorizara hacer mi recorrido.

Mi familia estuvo conmigo, era un montón de gente. Mis hijos que estaban en Managua, Boston y Filadelfia, se conectaron por Skype y FaceTime para estar presentes cuando tocara la campana.

Al terminar la infusión, me desconectaron la máquina del puerto, me tomé las fotos y comencé mi recorrido. Cuando llegué al primer cubículo, estaba un señor mayor con su hijo; le dije que iba a tocar la campana, y que lo haría por él también. Me quebranté y tuve que agarrar aire para seguir hablando. Así fui, cubículo por cubículo, hasta llegar a la campana. En uno de los cubículos estaba una mujer joven con un bebé en brazos, y el paciente estaba tapado completamente. Supuse que era su esposo; igual le dije lo mismo y seguí mi camino. Cuando llegué a la campana, antes de tocar, escuchamos una voz de una mujer cantando una canción que originalmente se llama “My Guy”, pero le modificaron la letra y le pusieron “My God” (Mi Dios). Tenía una voz espectacular.

Después de celebrar los campanazos y tomarnos fotos, tomamos el elevador para bajar al parqueo. En el elevador, iba la mujer con el bebé que había visto y otra mujer joven con una gran sonrisa en su rostro (era la persona que estaba tapada). Mi primo le preguntó, “¿vos eras la que estaba cantando?” y sonriendo le dijo que sí. Cuando salimos del elevador, nos despedimos y cada quien tomó su camino. Estando en el parqueo, la mujer que había cantado me siguió y me dijo que hacía dos meses los médicos le habían dicho que no le quedaba mucho tiempo de vida, pero que yo le había dado esperanza. Comencé a llorar por dentro. En ese momento entendí por qué en la mañanita había sentido ese deseo tan fuerte de compartir mi victoria con los otros pacientes.

Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo.” Romanos 15:13