• Mar. 13, 2019, media noche

Hoy recibí un mensaje de una persona que recientemente fue diagnosticada con cáncer de seno.  Una amiga mutua le recomendó que me contactara. Me dijo que su esposo, quien había estado fuerte desde que recibieron la noticia, ayer se derrumbó; dice que lloró y lloró, ella no sabía qué hacer. Tiene fe, pero hoy se sentía derrotada y le volvieron los miedos de morir.

Mientras leía sus mensajes recordé aquella madrugada, una semana después de que yo recibí el diagnóstico de cáncer. Mi esposo, que había estado fuerte desde el inicio, se despertó como a las 4:00 p.m., se sentó en la cama para tomarse la presión, en lo que yo me desperté. Al verlo quitarse el tensiómetro, le pregunté si se sentía mal, me dijo que le dolía la cabeza y que la presión estaba un poco alta. Le pregunté, ¿querés hablar? Yo sabía qué era…solo me quedó viendo y se echó a llorar como un niño.  Se me hizo un nudo en la garganta, pero agarré aire y comencé a leer salmos en voz alta. No sé cuántos leí, me detuve hasta que dejó de llorar. Lo abracé sin decir mucho; ambos agarramos fuerzas para seguir en la jornada que apenas estábamos comenzando.

Estuve platicando un rato con ella, le compartí un poco de mi experiencia, le mandé unas canciones que fueron clave en los momentos donde me derrumbaba; cuando volvían los miedos y las dudas. Algunas de ellas aún las escucho de vez en cuando, en los momentos que necesito llenarme de fortaleza, cuando las dificultades parecen no tener fin; cuando estoy tan derrotada, que no puedo ni abrir la boca para elevar una oración. 

La conversación con esta persona me hizo recordar nuestra travesía con el cáncer y pude entender su desesperación; no hay nada más doloroso que ver a tus seres amados sufrir. Cuando yo enfrenté esa batalla, hice mi mejor esfuerzo para que me vieran fuerte y calma porque no quería que mi esposo, mis hijos, mis padres y hermanos sufrieran por mí. A veces queremos aparentar que estamos bien, pero por dentro estamos deshechos. Se vale llorar y se vale compartir con otros nuestros sufrimientos.

Tuve la bendición de que mi esposo y mis hijos me acompañaron en distintas sesiones, mientras estuve en el tratamiento de quimioterapia. Alejandro, nuestro hijo mayor, estuvo conmigo dos veces. La segunda vez, ya iba por la tercera sesión y los efectos secundarios ya se estaban poniendo más fuertes; de repente me entraba una tristeza que no podía parar de llorar. En una ocasión, estando él en la casa, sentí que el llanto venía, entonces corrí a mi cuarto donde lloré sin parar. Mi prima Judi llegó, sabía cuándo necesitaba que orara por mí, que me diera palabras de aliento, siempre fue oportuna; Judi fue una gran bendición para mí durante todo el proceso. Recuerdo decirle que no quería que Alejandro me viera así, porque se iba a preocupar. Ella me dijo que no tuviera miedo, que era bueno que me desahogara, que él iba a entender. Me preguntó si lo llamaba a la habitación; con más dudas que otra cosa accedí. Alejandro llegó y Judi nos dejó solos. Comencé a llorar otra vez y a decirle cómo me sentía, insistiendo que no quería preocuparlo. Con toda serenidad me dijo que era bueno que me desahogara, que él entendía y que no me preocupara por él, que estaba bien. Me abrazó amorosamente hasta que me calmé.

Después de recordar todos estos momentos, puse en mi página de Facebook las fotos que tengo guardadas de mi travesía con el cáncer de seno. Si bien reviví cada momento, sentí que era importante para otras personas que están iniciando una batalla como esta o pasando por algún momento difícil, saber que todo pasa; que todo es para bien a los que amamos al Señor, porque de cada dificultad, Dios saca algo bueno.

El Salmo 23:4 dice: “Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta…”

Todo pasa…