• Mar. 20, 2019, media noche

Mi esposo y yo hemos cuidado mucho las palabras que decimos a nuestros hijos, sobre todo cuando estamos enojados. Desde hace años aprendimos que las palabras tienen poder, así dice Proverbios 18:21 “En la lengua hay poder de vida y muerte…” También, hemos tenido cuidado de no compararlos ni con sus hermanos, ni con otras personas.

Los padres tenemos una gran responsabilidad de cuidar el corazón y la mente de nuestros hijos; y por ende, debemos aprender a controlar nuestras emociones antes de hablar.

Además, hay que estar atentos de que familiares o profesores no hagan comparaciones. No hay nada más dañino para la autoestima, ser comparados con otros y/o recibir palabras negativas de parte de personas que amamos y respetamos.

Adicionalmente, la intimidación, comúnmente llamada  “bullying”, de parte de compañeros o amigos es peligrosísimo y puede afectar tanto o más que lo anterior.

Nuestro hijo menor, Sebastián, tuvo problemas en el colegio. Debido a su déficit de atención, le costaba concentrarse en clases y estudiar. No sé cuántas veces regresó del colegio llorando, frustrado, porque sus compañeros lo excluían de los grupos de trabajo, argumentando que él los haría sacar malas notas.

No les puedo explicar la tristeza que me daba verlo en esa situación. Una vez un compañero le dijo: tu hermano Alejandro es un excelente músico y Andrés es un gran jugador de fútbol, y vos, ¿para qué sos bueno? Cuando estaba en segundo año las cosas se pusieron tan mal, que tuvimos que llevarlo donde un sicólogo/siquiatra buscando ayuda.

El doctor después de hacerle una evaluación nos dijo: “O lo cambian de colegio o lo cambian de colegio, de lo contrario, este muchacho puede caer en una depresión profunda, de la cual será más difícil sacarlo”. Sebastián estaba con la autoestima por el suelo.

La decisión la tomamos inmediatamente; lo cambiamos a un colegio más pequeño y a las dos semanas de estar ahí me dijo: “Sabes lo que me gusta de este colegio, que aquí soy Sebastián Vega, no el hermano de Alejandro y Andrés.” Si bien me partió el alma, me convencí que habíamos hecho lo correcto y actuado oportunamente. De alguna forma, los comentarios que le hacían lo habían hecho perder su identidad.

Este fin de semana que pasó, mi esposo compartió una charla sobre el valor a unos niños de 3 a 12 años; y enfocó su mensaje en el valor que cada uno de nosotros tiene ante los ojos de Dios. Les puso de ejemplo un billete de quinientos córdobas, diciéndoles que no importaba lo que la gente dijera o le hiciera, el billete de quinientos valía quinientos, enfatizándoles que ellos valen lo que Dios dice que valen. 

Le pedí a Sebastián su autorización para compartir esas experiencias y le pregunté cómo logró encontrar su verdadero valor. A continuación comparto lo que me escribió: “Al comienzo, era difícil para mí vivir con la presión que otros y que yo mismo me ponía, por llegar a ser alguien “importante”. Las comparaciones me deprimían y me llevaron a creer que de verdad no tenía nada bueno que ofrecer.

Vivía de los aplausos que la gente me daba cuando cantaba o lograba hacer algo bueno. Antes estaba totalmente esclavizado por el rechazo y la baja autoestima. Varias veces intenté cambiar esta dinámica, sin embargo, no fue hasta que tuve mi encuentro con Jesús que todo cambió. Me di cuenta que Dios me había creado para un propósito y un llamado que solo Él sabía cuál era.

En la medida que he venido conociéndolo, he venido descubriendo ese propósito. Fue hasta que me refugié en Jesús que sentí un amor pleno; había encontrado la pieza del rompecabezas que faltaba en mi corazón y que había intentado llenar con la aceptación de los demás y con otras cosas que solo me confundían más.”

Sebastián se dio cuenta que el valor de una persona lo establece Dios, por medio del propósito que Él tiene para cada uno de nosotros. Valor tiene que ver con identidad. 

¡Yo valgo lo que Dios dice que valgo! Entonces, ¿Cuánto vale un billete de quinientos córdobas?