• Abr. 3, 2019, media noche

Este 31 de marzo fue el último día de un negocio familiar que abrimos hace ocho años. Un negocio que ha sido complemento del sustento de nuestra familia. Un proyecto que mi esposo inició con lo que teníamos en la mano. Fue una decisión bien difícil, no desde el punto de vista financiero, sino emocional.

Un amigo le decía que los emprendedores se enamoran de sus proyectos y que tomar la decisión de cerrar no es fácil. Mi esposo le mandó un mensaje a nuestros hijos, que viven fuera de Nicaragua, avisándoles de la decisión que tomamos, pues habíamos contemplado otras posibilidades para que se mantuviera en marcha.

Cada uno fue respondiendo, expresando su apoyo por la decisión, cada uno desde su perspectiva, pero con amor para su papá. No pude evitar derramar mis lagrimitas mientras leía los mensajes. 

“Cerrar capítulos y pasar la página” no es tarea fácil, ya sea con un negocio, una relación, un trabajo, etc. Para tomar la decisión, a veces puede pasar más tiempo del necesario, simplemente porque las emociones se nos atraviesan; a veces tratamos de “esconder” la situación, para no enfrentarnos con los hechos que nos empujarían a dar el paso.

Cuando nosotros comenzamos a conversar sobre el cierre del negocio, por supuesto que el primer impulso fue sentir miedo, y posiblemente esto hizo que postergáramos la decisión. En el transcurso del tiempo hemos aprendido que antes de tomar una decisión, hay que orar y esperar instrucciones de parte de Dios; esto no ha sido fácil, sobre todo para mí que sufro de extrema independencia y autosuficiencia. 

Hace varios años tomé  la decisión, con el apoyo de mi esposo, de renunciar a un trabajo donde tenía un cargo ejecutivo importante con un excelente salario. Pasó un tiempo para que finalmente diera el paso; de hecho renuncié sin tener otro trabajo, a pesar de que mis ingresos eran necesarios para complementar el sustento de nuestra familia, pero como dice Eclesiastés 3:1, hay un tiempo para todo, y en aquel momento era tiempo de dar el paso de fe.

Fue un 15 de diciembre mi último día de trabajo; ese día llegué a mi casa y cuando me estaba quitando el “traje” de banquera, llegaron mis tres hijos y me dijeron: “Bienvenida a casa mami” y me abrazaron. Nunca voy a olvidar ese momento; había sido anhelo de mi corazón poder tener más tiempo para ellos. A los pocos días me desperté como a las 3:00 a.m. con un ataque de pánico. Me preguntaba si había tomado la decisión correcta, mi mente estaba volando a mil por hora, pensando en todo lo que podía pasar, si no encontraba una fuente de ingresos.

No quise despertar a mi esposo, entonces me levanté y me fui al “walking closet”, donde me arrodillé y comencé a llorar. Era tanta la asfixia que no podía ni pronunciar palabra, lo único que se me ocurrió en aquel momento de desesperación fue abrir la Biblia y leer lo que me saliera, esperando que Dios me hablara.

El pasaje que me salió fue Isaías 41:10 que dice así: “Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa.” Mientras leía, poco a poco fui sintiendo que el oxígeno me llegaba a los pulmones y dejé de llorar; la verdad que sentí como cuando se te baja el azúcar y te tomas una cucharada de miel…recobré ánimo y regresé a dormir. Esa madrugada decidí creerle a Dios y esperar.

Un par de semanas después me estaban llamando para un trabajo, con tiempo flexible y buenos ingresos. 

Después de haber cerrado el negocio ayer, hoy amanecimos expectantes de lo que Dios va a hacer. Hay un tiempo para esperar y un tiempo para dar el paso. ¡Él honra nuestros pasos de fe! Con esta palabra iniciamos el mes de abril: “Confía en el Señor con todo tu corazón, y no confíes en tu propia inteligencia. Busca la voluntad del Señor en todo lo que hagas, y él dirigirá tus caminos”. 

Proverbios 3.5-6

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