• Abr. 24, 2019, medianoche

Este año no teníamos planes de salir para los días santos, porque estamos en austeridad. Aunque necesitábamos un desconecte y un descanso de tanto estrés que hemos tenido en los últimos meses; ya nos habíamos resignado a no salir, pero un amigo nos ofreció prestarnos una casa en la montaña. Dios suple los deseos del corazón. La pensamos un momento, pero le aceptamos la oferta. Empacamos libros que no habíamos tenido tiempo de leer, un parlante para escuchar música, las biblias y nuestros cuadernitos donde escribimos reflexiones, ideas y sueños. Fuimos dispuestos no solo a descansar, sino también a buscar intimidad con Dios; realmente fue un retiro espiritual. El lugar es un pedacito de cielo, entre cafetales, vegetación y montañas que lo rodean. La casa es linda, acogedora, cómoda y totalmente equipada. Solo llevamos nuestra ropa y la comida. El jardín es bellísimo y tiene un mirador con vista a las montañas donde pasábamos un tiempo por la mañana y regresábamos al atardecer.

Salimos a caminar todos los días para no romper nuestra rutina de ejercicios; tomábamos un sendero rodeado de cafetales, con subidas y bajadas pronunciadas. Aunque el clima es fresco, estaba soleado y después de un rato comenzábamos a sudar. Había trechos donde el camino era uno poco pedregoso y en las subidas, había que tener cuidado para no resbalarse. A veces cuando hago mucho ejercicio aeróbico me da un broncoespasmo y me cuesta respirar, el doctor dice que es asma inducida por ejercicio. Se me olvidó el inhalador que siempre llevo cuando sé que me puede pasar, y uno de los días cuando ya habíamos caminado más de la mitad del recorrido, me sentí  cansada y le pedí a mi esposo que nos detuviéramos un momento, mientras trataba de agarrar aire. A un lado del camino había una piedra lisa y grandecita, perfecta para sentarse. Ahí me quedé unos minutos, esperando que mi respiración regresara al ritmo normal. Veníamos a buen ritmo, pero mi esposo de repente aceleró el paso y tuve que apurarme para alcanzarlo, fue ahí donde sentí que me quedé sin oxígeno. Debería de haberme detenido antes, pero no quería dar mi brazo a torcer; prefería ir sufriendo que admitir que estaba cansada.

Al día siguiente, mientras oraba y reflexionaba sobre algunas cosas, se me vino el siguiente pensamiento: la vida es como un sendero en el bosque, donde a veces el terreno es muy quebrado, otras veces es plano y derecho; de repente hay subidas empinadas donde nos falta el aire y sentimos que el corazón se nos va a salir, pero llegas a la cima donde la caminata se vuelve más fácil; a veces encontramos unas bajadas empinadas y pedregosas que pueden ser muy difíciles, porque si nos descuidamos podemos resbalarnos y caer. A veces transitamos por este mundo haciéndonos los fuertes, no dando nuestro brazo a torcer, sin admitir nuestro cansancio y esquivamos el camino que nos lleva a encontrar esa “Roca” firme que para nosotros es Jesús. ¡Pero qué difícil es rendirnos! En Él podemos descansar, no solo cuando las cosas se ponen difíciles y sentimos que ya no tenemos aire para seguir adelante, sino en todo tiempo.

Jesús dijo en Mateo 11:28, “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados y yo les daré descanso.” Descansemos en la “Roca”.

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