• Mayo 1, 2019, media noche

Unos meses después de que mis padres se divorciaron en 1981, me fui del país a vivir con unos tíos en los Estados Unidos. Dejar a mi familia no fue fácil, pero viendo hacia atrás, para mí fue como escaparme de situaciones que en ese momento, me estaban afectando demasiado.

El divorcio es difícil, aunque en el momento lo sentí como un alivio, las repercusiones se manifestaron en el camino. A pesar de que mis tíos y primas me acogieron en su hogar como una hija y hermana más, nunca es lo mismo.

Vivir lejos de casa me hizo madurar prematuramente, porque tuve que comenzar a ponerle mente a cosas que antes ni las pensaba; aprender a administrar mi tiempo, a manejar mi dinero y sobre todo, a mantenerme en el camino recto. Aprendí a tomar decisiones usando mi mejor criterio, aún con la poca experiencia de vida que tenía.

Esta situación me convirtió en una persona sumamente independiente y autosuficiente. Si encontraba un problema, buscaba como resolverlo sola. De vez en cuando, sobre todo cuando me sentía triste y me venían a la cabeza pensamientos de abandono, me quebrantaba y me acordaba de Dios; abría la biblia que mi papá me regaló, buscaba el Salmo 23 que estaba todo marcado en amarillo, y lo leía tantas veces fuera necesario hasta que me calmaba.

Pero una vez que me pasaba la tristeza, volvía a mi autosuficiencia e independencia, hasta que algo me tumbara nuevamente volvía a repetir la misma dinámica.

Cuando comencé a buscar a Dios de verdad, no con religiosidad, esperando encontrar esa intimidad de la que tanto había escuchado y leído, me fui dando cuenta que mi extrema independencia y autosuficiencia, estaban bloqueando mi relación con Él.

Yo quería tener fe, escuchar su voz, obedecerle, pero sobre todo, depender de Él 100% en todos los aspectos de mi vida; pero me desesperaba porque las “voces” de las dudas y los temores me bloqueaban.

Cuando tenía un problema o una necesidad, le pedía ayuda, pero mi dependencia en Él duraba casi el tiempo de oración; porque unos minutos después, ya estaba tratando de buscar la solución con mi propia “inteligencia” o pensando todo el tiempo en el problema. Y no es que uno tiene que quedarse esperando “el maná” del cielo; debemos hacer lo que nos toca, pero aprender a dejar a Dios ser Dios.

Hace un tiempo, tomé una cajita de madera y en ella comencé a echar unos papelitos donde apuntaba mis “clavos” del día, simbolizando dejarlos en las manos de Dios.

Hice esto por un tiempo, y sentí que me ayudó a dejar las cosas en sus manos, y a no estar “quitándoselas” cada vez que las voces del temor y la duda me hablaban al oído.

Después de un tiempo, la cajita quedó por ahí y descontinué la práctica. Pero hace unas semanas, que se nos juntaron varios problemas y situaciones complicadas, decidí reabrir la cajita; esta vez en una de mi mamá que conservé de recuerdo.

Con un marcador permanente le escribí en un costado: “En las manos de Dios”, y puse encima de ella una libretita con un lapicero. A continuación se las presento:

“Encomienda al Señor tus afanes, y él te sostendrá; no permitirá que el justo caiga y quede abatido para siempre”. Salmo 55:2

En esos papelitos escribo oraciones, sueños, deseos, necesidades, etc. Anoto la fecha y los deposito. Ese acto de dejar en la cajita lo que me está preocupando, me ayuda muchísimo a mantener a la “Karlaautosuficienteindependiente” bajo control, y me ha dado la oportunidad de experimentar lo que significa, verdaderamente, depender de Dios, tener paciencia, y mantener la expectativa de algo bueno, sabiendo que Él está en control.

Hemos tenido días muy difíciles en el último año; hay personas que han perdido seres queridos, otros tienen familiares en la cárcel injustamente; otros han perdido su trabajo o hemos cerrado negocios que proveían para las necesidades de nuestros hogares, o tal vez, están luchando con una enfermedad……………, pero no estamos solos.

Pongamos todo en la “cajita”……………., ¡pero dejémoslo ahí!