• Mayo 8, 2019, media noche

Esta semana que pasó, estuvimos unos días visitando a uno de mis cuñados, su familia y a Sebastián, nuestro hijo menor. Fue bueno para nosotros cambiar de ambiente, descansar, y desconectarnos un poco; además que cuando visitamos a esta familia, la verdad es que nos dan ganas de quedarnos. Siempre digo que es como irnos de casa para regresar a casa. Esta vez tuvimos la dicha de conocer y disfrutar a dos sobrinos nietos que no conocíamos; aunque no estoy lista para tener nietos todavía, son unos bebes preciosos y me encantó poder jugar con ellos y “chinchinearlos”. Uno de ellos llegó después de ocho años de estarlo esperando; es una historia de fe impresionante, un verdadero milagro de Dios.

Cuando salí embarazada de nuestro primer hijo fue una sorpresa, pues teníamos poco tiempo de estar casados y las intenciones eran esperar un par de años; pero tan pronto nos dimos cuenta sentimos una felicidad indescriptible. A los pocos días de saber que estaba embarazada, comencé a tener sangrados fuertes.

El médico me mandó reposo absoluto, pues me dijo que estaba con amenazas de aborto. Estuve acostada los primeros cuatro meses y medio, con muy poca movilidad porque el sangrado se desataba en cualquier momento. Tuvimos mucho miedo de perder a nuestro bebe, pero gracias a Dios pude concluir mi embarazo y llegar a término sin más problemas. Tenemos tres hijos varones que son nuestra felicidad e ilusión desde que fueron concebidos. Quisiéramos que sus vidas estén libres de problemas y de sufrimientos, y a veces nos cuesta mucho dejar que experimenten las consecuencias de sus actos. Por más que como padres hacemos el esfuerzo de guiarlos por el camino correcto, de enseñarles valores, de predicar con el ejemplo, ellos terminan tomando sus propias decisiones.

A veces serán obedientes y nos agradecerán por haberles alertado; en otras, preferirán experimentar por ellos mismos y sufrirán las consecuencias, pero siempre los amaremos de forma incondicional. Aunque no todo el tiempo estemos de acuerdo con su forma de proceder, los tres son adultos y no podemos obligarlos a actuar de manera diferente; a pesar de que no dejamos de repetirles ciertas cosas en las que creemos. Esto no va a cambiar nunca, pues los padres siempre seremos padres.

Soñamos que nuestros hijos sean hombres de bien, que amen a Dios por sobre todas las cosas, que respondan a su llamado y al propósito por el que están en esta tierra, que pongan sus dones y talentos a trabajar en beneficio de los demás, que sean esposos y padres responsables y amorosos, que sirvan, compartan y ayuden a otras personas. 

En alguna de las conversaciones que disfrutamos en estos días de descanso, mi cuñada mencionó algo sobre los sueños del Padre, refiriéndose a Dios; como Él quiere lo mejor para nosotros, como nos ama de forma incondicional y como desea que se cumpla el propósito que Él tiene para cada uno. Mientras ella hablaba, pensaba en cómo nosotros a veces por nuestra propia terquedad, independencia y autosuficiencia terminamos arruinando nuestras vidas y a veces, las de personas que amamos. Pero, a pesar de lo que hagamos, su amor es incondicional.

Casualmente, ella misma me regaló un calendario de madera donde está escrito el versículo 16 del Salmo 139 y quiero compartirlo, porque tan pronto lo leí, me reafirmó el significado de los sueños del Padre: “Me viste antes de que naciera. Cada día de mi vida estaba registrado en tu libro. Cada momento fue diseñado antes de que un solo día pasara.” 

Que reconfortante es pensar que no venimos a este mundo por pura casualidad, pero qué responsabilidad tan grande la que tenemos, de vivir de forma intencional para que los sueños del Padre puedan hacerse realidad.