• Mayo 29, 2019, media noche

Hoy me estaba acordando de una finca de café de unos tíos que visitaba con mi familia cuando era niña. El Sedán se llamaba la finca. Era un lugar lindo, lleno de bosque, con clima fresco, a pesar de estar cerca de la ciudad.

De vez en cuando mis papas nos llevaban de paseo, generalmente por el día, pero nos quedamos a dormir una que otra vez. Recuerdo que no había energía eléctrica, entonces cuando caía el sol, encendían una planta por un par de horas, cenábamos temprano y cuando apagaban la planta todos nos íbamos a dormir.

Creo que nunca en mi vida he experimentado una oscuridad tan “oscura”. Se veía todo literalmente negro. Yo le tengo terror a los insectos y era lo que más me daba miedo, que algo se me subiera a la cama mientras dormía y me caminara en el cuerpo. No sé por qué nunca pedí un foco para dormir con él, como he hecho muchas veces, cuando voy al mar por ejemplo.

Cuando estaba acostada en esa inmensa oscuridad, aparte de estar pendiente de la posibilidad del insecto caminando en mi espalda, mientras me dormía, trataba de identificar los ruidos que se escuchaban afuera de la casa; chicharras, grillos, las ramas de los árboles mecidas por el viento, etc. Para serles sincera, cada vez que nos quedábamos a dormir en El Sedán, yo sufría por la gran oscuridad.

A veces al final de mi día, me acuesto en mi cama para dormir y mi mente comienza a saltar de problema, a problema, a problema, y se va formando un nudo de pensamientos ansiosos que poco a poco oscurecen mi mente; y experimento esa misma oscuridad que les describía.

Al estar en la “oscuridad”, comienzo a escuchar los ruidos de esas “voces engañadoras” que solo quieren aumentar nuestra preocupación, hasta llevarnos al borde de la desesperación. En otras columnas les he compartido sobre los meses que estuve en tratamiento de quimioterapia por cáncer de seno.

Por alguna razón, en las madrugadas era cuando me daban las peores molestias. Mi mamá dormía conmigo en la misma habitación y a veces me sentía tan mal, que la tenía que despertar para pedirle ayuda. Siempre trataba de aguantarme lo que más que podía, porque me daba mucho pesar verla levantarse con dificultad para sentarse en mi cama y sobarme la cabeza, hacerme masaje en los pies, traerme un poco de agua, o simplemente abrazarme hasta que me dormía.

En otras ocasiones, tomaba mi Ipad y buscaba la Biblia hablada y con mis audífonos, comenzaba a escuchar los Salmos que había escogido para acompañarme durante mi batalla. Oraba en silencio dándole gracias a Dios por todas las cosas buenas que tenía en mi vida, a pesar de estar pasando por un momento difícil; escuchaba canciones que me llenaban el corazón de paz.

Así como sentía la presencia de mi mamá que estaba dormida en la otra cama, así sentía la presencia de Dios cuando oraba y alababa en silencio.

En mi lectura de hoy del libro “Jesús te llama”, en una parte decía: “Cuando te vuelvas de tus problemas a mi Presencia, de inmediato tu carga perderá peso. Es posible que las circunstancias no cambien, pero yo te ayudaré a llevar la carga.” Eso era lo que yo sentía en esas madrugadas con quimioterapia o en las noches cuando entro en la “oscuridad” de los problemas, cuando busco Su Presencia, la carga se hace más liviana.

Sofonías 3:17 (NTV) dice: “Pues el Señor tu Dios vive en medio de ti. Él es un poderoso salvador. Se deleitará en ti con alegría. Con su amor calmará todos tus temores. Se gozará por ti con cantos de alegría.”

¡En la oscuridad absoluta, ahí está Él para llenarnos de su luz!