• Jun. 26, 2019, medianoche

Mi papá era un personaje en muchos sentidos. Cuando falleció el año pasado, escribí unas palabras que quería leer al finalizar la misa que mi hermana organizó para celebrar su vida, pero no se pudo. Unos días después las publiqué en la columna titulada “Hasta pronto, papá”. Este Día del Padre es el primero que mi papá no está presente. Todos los años la familia de mi hermana y la mía compartíamos un almuerzo o una cena con él para celebrar su día; confieso que me dio nostalgia. Nuestros hijos viven fuera del país, entonces la celebración de mi esposo fue virtual. Los tres le mandaron estos mensajes: “¡Feliz día papi! ¡Gracias por ser el súper papá que has sido! Te amo”; “¡Gracias, gracias, gracias Papo! Por tu alegría inquebrantable y tu amor. Sos un ejemplo para todos nosotros. Te amo” y un mensaje de voz cantando la canción de Topo Gigio que dice: “Yo quiero ser como mi papá……que lindo sería parecerme a mi papá”.  Me conmoví mucho leyéndolos, no solo porque cada uno reconoce amorosamente todo lo que mi esposo ha sembrado en sus vidas; pero también porque yo no le agradecí a mi papá cuando tuve muchas oportunidades para hacerlo.

Mi papá falleció el 19 de julio del año pasado; entró al hospital un par de días antes. Cuando llegué a la emergencia el día que ingresó, ya lo habían sedado para entubarlo. Mientras lo trasladaban de la sala de emergencias a cuidados intensivos caminé junto a la camilla, escuchando las explicaciones del médico. En resumen, me dijo que estaba grave y que las siguientes 72 horas eran críticas. El doctor fue muy sincero y claro en cuanto al pronóstico, pero yo tenía la esperanza de que se recuperara. A partir de ese momento cada hora que pasaba era importante. No podíamos verlo más que tres veces por día, pero la visita de la noche no la podíamos hacer, porque en ese tiempo la situación en las calles de Managua era muy peligrosa, entonces me limitaba a estar los 5 minutos que me permitían entrar por la mañana y después del mediodía. Cuando estaba con él, le sobaba la cabeza, oraba por su recuperación y le pasaba mensajes de mis hermanos. Aunque estaba sedado, esperaba que me escuchara. Mientras fueron transcurriendo las horas, se fue deteriorando, la verdad que muy rápidamente. En la última visita que le hice, a pesar de que como padre pudo haber hecho muchas cosas de mejor manera, decidí agradecerle por todo lo bueno que me enseñó y por el amor que me dio. Le dije que lo amaba y que se podía ir tranquilo, que el Padre lo recibiría en sus brazos de amor. Le di un beso en la frente y me despedí. Unas horas más tarde recibí la llamada del hospital, había fallecido. Quiero creer que escuchó cada palabra que le dije en esa última visita, pero me arrepiento de no haberle dicho en vida muchas de las cosas que le dije hasta en ese momento. No me condeno, ni tampoco me mortifico, pero sentí la necesidad de compartir esta historia por si le ayuda a alguna persona a dar el paso de agradecerle a alguien, antes de que sea muy tarde.

Agradezco a mi papá por enseñarme cómo dar, sin esperar nada a cambio. Muchas veces no entendí cómo era posible que fuera tan generoso, cuando a él mismo le faltaba; puede ser que hasta lo haya cuestionado por hacerlo.

Colosenses 3:15 dice: “Que gobierne en sus corazones la paz de Cristo, a la cual fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos.”

¡Agradezcamos antes de que sea muy tarde!