• Jul. 24, 2019, medianoche

Hemos estado tres días en las montañas de Nicaragua, en un lugar donde parece que podríamos tocar el cielo. Disfrutando de la lluvia y del frío, sentados contemplando una chimenea encendida, leyendo, orando, pensando, planeando, reflexionando. Creo que estas “pausas mentales” las debemos de hacer a menudo, para poder hacer ajustes en la forma de conducir nuestras vidas y rectificar el camino si corresponde.

Aprovechamos el sábado para visitar a unos amigos muy queridos que teníamos rato de no ver y viven cerca de donde andábamos. Sus hijos estudian en Managua, su hija en los Estados Unidos y están de vacaciones en la casa. En un momento de la conversación ella nos preguntó que cómo nos había ido ahora que nuestros hijos viven fuera del país. Mi esposo respondió rápidamente diciéndole que nos habíamos preparado bien para este momento; yo le dije que lo bueno es que “nos caemos bien”, porque no sólo hemos estado solos, sino también, en el último año, bastante “encuevados”; entonces pasamos horas conversando y compartiendo. Siempre he dicho que aunque aprecio mucho a mis amigas, cuando quiero compartir algo con alguien la primera persona en la que pienso es mi esposo, y a él le pasa lo mismo y eso es muy valioso. Hemos tratado de ser un buen ejemplo de matrimonio para nuestros hijos, porque es nuestro mayor deseo que cuando ellos decidan entregarle su corazón a alguien sea para toda la vida.

Mientras escribo esta columna me pregunto, ¿Qué hemos hecho para poder seguir juntos después de 30 años, a pesar de las múltiples situaciones difíciles que nos ha tocado enfrentar?

Voy a compartirles algunas cosas que han contribuido, para lo que les pueda servir, sobre todo a las parejas que están comenzando su camino juntos:

  1. Después de cuatro años y medio de casados, al borde del divorcio, decidimos poner nuestro matrimonio en manos de Dios y dejar que Él fuera y es el pilar que nos sostiene.
  2. Hemos construido una amistad y una relación basada en la confianza, la fidelidad y la lealtad.
  3. Descubrimos que el amor no es un sentimiento, sino una decisión.
  4. Hemos decidido apoyarnos en las buenas y en las malas, a pesar de lo difícil que ha sido muchas veces hacerlo.
  5. Luchamos por mantener unidad en nuestras decisiones, especialmente en lo que respecta a la formación de nuestros hijos.
  6. Tratamos de mantener “nuestras cuentas por cobrar y por pagar al día” (perdonamos y pedimos perdón constantemente).
  7. Hemos aprendido a respetar nuestros espacios profesionales y a apoyarnos para alcanzar nuestras metas.
  8. Seguimos soñando juntos y haciendo planes para el futuro, porque compartimos una sola visión y nuestros llamados son complementarios.

No crean que mi esposo y yo vivimos montados en una nube llena de romanticismo, nada que ver. Los que nos conocen saben que somos tan extremos como podríamos ser, que él es más noble y tolerante que yo; y que en la medida que han pasado los años, hemos venido mejorando en muchas áreas que nos causaban conflictos y provocaban que desenfundáramos los “cañones” muy a menudo.

Construir un matrimonio que al final del camino, cuando uno de los dos ya no esté, podamos decir que fuimos felices, toma mucho trabajo, disposición, paciencia, perseverancia, dedicación, pero sobre todo, amor incondicional.

Hay una canción de Steven Curtis Chapman que se llama “Together” (Juntos). Traté de traducir lo mejor que pude la poesía que hay en una de las estrofas:

“Hemos escalado montañas más altas de las que nos imaginamos

Tomados de la mano,

Juntos hemos visto milagros suceder

Y nos hemos arrastrado sobre nuestras manos y rodillas,

A través de fríos valles, oscuros y profundos,

A veces hasta dudando si podríamos salir, juntos, siempre juntos.

Y si no fuera por la misericordia de Dios y Su Gracia,

No hay manera que pudiéramos seguir aquí……. juntos, siempre juntos”

¡El matrimonio es un compromiso para toda la vida!