• Jul. 31, 2019, medianoche

La columna de esta semana la quiero dedicar a los jóvenes, porque además de darle un reconocimiento a mis mentores, me gustaría que los jóvenes comiencen a valorar y a agradecer a todas esas personas que Dios les ha puesto en el camino para ayudarlos a ser mejores seres humanos y mejores profesionales. Nuestro hijo Alejandro es Ingeniero y Productor musical, además de músico. Toca batería, percusión, algo de guitarra y de teclado, y maneja todas esas máquinas que hacen ruiditos complementarios a la música de hoy. Hace un año se mudó a New York donde trabaja en su profesión. No crean que no ha tenido que “morder el leño” en una ciudad tan competitiva, pero poco a poco se ha venido abriendo camino. La verdad que no es porque sea nuestro hijo, pero lo admiramos porque persevera; se cae y se vuelve a levantar. Tiene varias semanas de estar trabajando con dos ingenieros productores y músicos muy renombrados. Ha estado tocando batería con ellos, entonces se ha tenido que “poner las pilas”. Ambos se han convertido en grandes mentores. Se han tomado el tiempo de señalarle las cosas en las que puede mejorar para subir de nivel.

Yo misma he tenido varios mentores en mi vida profesional como banquera. Inicié mi carrera en los Estados Unidos a los dieciocho años después de bachillerarme. Tuve que trabajar para pagar la universidad y como me gustaba mucho la banca decidí aplicar a un puesto, y a pesar de no tener experiencia, me contrataron. Siempre tuve claro cuáles eran mis metas en la banca y me he esforzado bastante para irlas logrando; pero he tenido ayuda: Dios, porque ha abierto y cerrado puertas, mi esposo que me ha apoyado y motivado para perseverar, y los mentores que he encontrado en el camino. Hoy quiero enfocarme en el más importante de ellos, don Esteban. Me contrató embarazada de mi primer hijo, porque el presidente del banco donde él era Gerente General me recomendó. Muchos opinan que es uno de los mejores banqueros que ha producido Nicaragua y tuve el privilegio que me transmitiera una gran cantidad de conocimiento. En ese tiempo trabajaba como oficial de crédito. No se me olvida un seminario sobre análisis de estados financieros que nos dio a unas compañeras de trabajo y a mí. Recuerdo como si fue ayer, la hoja de Lotus del cliente imaginario, “Pringasón”, con la cual nos enseñó a leer balances, estados de resultados, flujos de efectivo y razones financieras. Don Esteban era súper exigente y hasta “cascarrabias” de vez en cuando, pero delegaba bastante, me guiaba si lo necesitaba y no me dejaba decir “no puedo”. Siempre me estaba retando a hacer cosas nuevas y más difíciles. Una vez me mandó a negociar una línea de crédito para el banco con el Banco Centroamericano de Integración Económica. Yo tenía veinticinco años en ese tiempo, era más tímida y un tanto insegura; se podrán imaginar los nervios, pero no me quedó más remedio que hacerlo. Le agradezco todo lo que me enseñó, especialmente, el haber creído en mí. Don Esteban no es muy expresivo, pero conozco su corazón y sé que está muy orgulloso de su “pupila”.

Nosotros siempre les hemos transmitido a nuestros hijos la importancia de los mentores que se encontrarán en su vida. De hecho ya los han tenido: profesores en el colegio y la universidad, profesores de música, entrenadores de fútbol, guías espirituales, jefes, etc. Hemos sido enfáticos con ellos que aprovechen al máximo la oportunidad de tenerlos y les demuestren su gratitud. El Apostol Pablo fue un mentor para muchos y decía: “Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes”. Filipenses 4:9

Tener un mentor es un privilegio, es un regalo, es una bendición. Cuando encuentren uno en el camino, pregunten todo lo que puedan, tengan la humildad para recibir sus recomendaciones, agradezcan las enseñanzas, pónganlas en práctica, pero sobre todo, expresen su gratitud por el tiempo que invierten en ustedes.

¡Que vivan los mentores!