• Ago. 7, 2019, 7:30 a.m.

Hace un mes, despachamos a la señora que nos ayudaba en la casa, que de por sí ya solo llegaba tres días a la semana pues solo somos mi esposo y yo, y ella necesitaba un trabajo de tiempo completo, donde la recomendamos. Antes de tomar la decisión hablamos de cómo nos distribuiríamos las tareas para hacerlo de forma equitativa. Lo bueno es que, en general, lo que no me gusta hacer, a mi esposo sí le gusta, por lo tanto, las tareas no se hacen tan pesadas. Siempre hemos dicho que el matrimonio es un equipo y al igual que en el mundo laboral, cada miembro del equipo tiene sus dones y talentos, y lo mejor es enfocar los esfuerzos de las personas en las cosas que hacen bien.

Por ejemplo, a mí no me gusta cocinar y aunque a veces tengo mis momentos de lucidez con alguna receta que bajo del internet, mi manejo en la cocina no es el más eficiente. Un día rallando un zucchini me rebané tres dedos de la mano porque no lo estaba haciendo correctamente; en cambio mi esposo, además de cocinar muy bien, utiliza con destreza todos los utensilios. Ah, pero ponerse a lavar platos, ni soñando. Yo los lavo, de hecho me gusta hacerlo porque es un tiempo que me permite pensar en muchas cosas mientras mecánicamente voy sacando la tarea. En estos días de quehaceres hogareños me he dado cuenta que si me descuido término haciendo todo yo, no porque mi esposo no quiera ayudar, sino porque a veces las cosas que le tocan a él no necesariamente las hace a la hora que yo quiero. Los primeros días después de haber despachado a la señora, terminaba exhausta porque cuando agarraba inspiración para limpiar, arrasaba con mis tareas y las de mi esposo. Para colmo, como cerró los negocios, todo el “calachero” que tenía en su oficina lo trajo para la casa. Casi me infarto el día del traslado cuando llegué a mi casa y vi cajas y muebles por todos lados.

Mi esposo es de los que le encanta guardar cosas. Si me descuido, ¡la bodega sería más grande que la casa! Y yo soy al revés, no me gusta tener cosas que no uso y que alguien más podría usar. Después de una semana de tratar de ignorar el desorden, le mandé un mensaje que una amiga puso en Facebook titulado “Las toxinas de la casa”, que habla de una serie de cosas que podemos hacer para mejorar nuestra calidad de vida, las cuales incluyen limpiar la casa y deshacernos de cosas que ya no utilizamos. Entonces, ese fue mi “mensaje subliminal” para motivarlo a que hiciéramos un día de orden. El viernes por la noche le pedí que hiciéramos un mapa mental de las tareas del día siguiente y le dije que se preparara psicológicamente para el “huracán Karla”. Me quedó viendo con ojos de terror, pero no hubo pleito. Al día siguiente, con la ayuda que habíamos conseguido, logramos poner orden, botar y regalar la mayor parte de las cosas. Nos sentimos bien satisfechos al final del día con lo que habíamos logrado.

Todos sabemos que las mujeres y los hombres tenemos prioridades distintas. Lo que para nosotras hay que hacerlo “ya”, para los hombres puede esperar horas y a veces días; esto hace que por impaciencia, a veces, terminemos haciendo más trabajo que ellos. Mi esposo es súper buena gente y cooperador; sabe hacer muchas cosas en la casa, no es un hombre dejado, pero a veces yo quiero que agarre un martillo y pegue una docena de ganchos en las paredes para colgar cuadros, y en ese momento él tiene otra actividad que le parece más importante atender. He venido aprendiendo a cerrar los ojos, respirar profundo y contar hasta……..CIEN…..para no vivir “cable pelado” y topada de tantas cosas que hacer, pero me he dado cuenta que tengo que dejarme ayudar y eso implica, a veces, tener paciencia. En el trabajo de equipo está la clave. Eclesiastés 4:9 dice: “Más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo.” ¡Señoras, déjense ayudar!