• Sept. 5, 2019, medianoche

El otro día platicaba con unos amigos de lo importante que es que los papás sepamos administrar bien los talentos de nuestros hijos. Es imposible como padre no sentirnos orgullosos y a veces hasta “fachentear” a nuestros hijos; esto lo aprendí hasta que me convertí en mamá. Cuando yo era niña, mi mamá me llevó al “recorrido” de los talentos: baile, pintura, música. Probé con la pintura, pero no me funciona ese lado del cerebro. Al no dar la talla con eso, me matriculó en clases de ballet. Como yo era bien delgadita, mis abuelas y ella decidieron que sería buena balletista…qué va, a los pocos días de estar en clase me sentí como un zanate “descoordinado”, no como el cisne que habían pensado. Admiraba a una chavala unos años mayor que yo, era alta, delgada, con un pelo rubio que le llegaba a la cintura y cuando bailaba parecía una pluma flotando en una nube. ¡Ballet abortado!

Pasé un tiempo en pausa hasta que mi papá se compró una guitarra y contrató un profesor para él. Un día me vio traveseándola y me preguntó que si quería aprender, le dije que sí. Me cedió su hora de clase, y un par de semanas después se dio cuenta que lo había tomado en serio. Al poco tiempo, el profesor le dijo a mi papá que ya me había enseñado todo lo que sabía, y que le recomendaba que contratara a su papá para que yo continuara aprendiendo. Así fue que llegó don Carlos Ramírez, nunca lo voy a olvidar. Un señor con cara de “cascarrabias”, estricto y metódico, un gran guitarrista. Me enseñó unas piezas españolas, no me encantaban, pero me las aprendí. Sin embargo, yo quería tocar música de Chopin y Beethoven, entonces le pedí a don Carlos que adaptara a guitarra unos Nocturnos para piano de Chopin y un par de piezas de Beethoven. Lo hice sudar al pobre señor, pero me llevó las partituras y me las aprendí de memoria porque nunca quise aprender a leer música.

Practicaba de una a dos horas por día y la verdad que llegué a dominar muy bien la guitarra clásica. Mis papás, orgullosos de mí, aprovechaban cada oportunidad que había para hacer que tocara para sus amistades. En mi timidez, tocar en público era la muerte. Sufría terriblemente cada vez que tenía que hacerlo. A veces mi papá ponía un disco de Chopin, una pieza que yo me sabía y después me decía: “Karlita, vení tocala vos”, y ahí iba yo con el estómago volteado a tocar la canción; en cambio, mi hermano Carlos, que tocaba guitarra y cantaba, casi que pagaba para que lo subieran al “escenario”. Fue tan grande mi trauma que cuando cumplí 16 años le regalé mi guitarra a Carlos y nunca más volví a tocar. Cuándo me iba a imaginar que me casaría con un músico y que además nuestros tres hijos saldrían músicos.

Desde que nuestro hijo mayor (Alejandro) comenzó a tocar pailas y baldes a los dos años, supimos que el chavalito tenía oído musical y un gran sentido del tiempo. Después llegó Andrés y también lo traía; y el menor, Sebastián, ese chavalito cantó desde antes de saber hablar…..Mi esposo por supuesto fascinado con los tres, pero rapidito le dije que teníamos que tener cuidado. Él conocía mi historia con la guitarra, entonces le pedí que tuviéramos cautela con la administración de los talentos de los muchachos. Alejandro, a pesar de ser muy tímido, siempre fue materia dispuesta para salir en las veladas del colegio; Andrés, una vez en su vida lo hicieron participar en un show de Michael Jackson y se quedó petrificado en el escenario; Sebastián, aunque se pusiera nervioso, si le pedían que cantara, ahí estaba en primera fila.

Como dice 1 Pedro 4:10: “Ponga cada uno al servicio de los demás el don que haya recibido…” Los padres debemos apoyar y motivar a nuestros hijos para que desarrollen sus dones y talentos, sabiendo administrarlos, para no causarles traumas como el mío.

No pierdo las esperanzas de regresar a la música algún día…