• 2019-09-19

Mi papá me decía que yo soy igual a su abuela paterna, mi bisabuela Carmen. Me contó una historia de cuando un hermano de ella falleció. Resulta que su familia vivía en un lugar bien retirado donde había que viajar en carro, en bote y en caballo. Cuenta mi papá que cuando su abuela llegó a la casa de su hermano, salió a su encuentro la viuda atacada en llanto y su abuela la quedó viendo y le dijo: mirá “fulanita” (no recuerdo el nombre de la señora), primero comamos y después lloremos. Muchas veces mi papá me recordó esa historia, seguramente en alguna situación donde yo actué parecido a ella. Siempre pensé que estaba exagerando pues no estoy clara de que yo sea así de pragmática, pero ciertamente tengo bastante de ella; creo que con la experiencia de cáncer que tuve hace cuatro años se me salieron los genes de mi bisabuela Carmen.

Ayer, durante una entrevista que me hicieron de una revista regional, sobre mi experiencia con el cáncer de seno, me preguntaron qué consejo podía darle a las personas que tengan que enfrentar un diagnóstico adverso. En la vida enfrentaremos diversas situaciones difíciles (enfermedad, quiebra financiera, desempleo, migración obligada), que cuando nos veamos delante de ellas, el temor, la incertidumbre, la ira, la vergüenza y la desesperación pueden “congelarnos”. Nunca voy a olvidar el día que recibí el diagnóstico. Saliendo de la oficina del radiólogo mi esposo recibió una llamada de mi ginecóloga, donde le decía que esa misma tarde debíamos ir donde un oncólogo para planear los pasos a seguir. Mi esposo me dijo: Todo es para bien a los que amamos al Señor (Romanos 8:28), y de esa promesa nos agarramos para enfrentar lo que venía. Regresé a mi oficina ese día, con mi mente aturdida, buscando concentración para poder trabajar unas horas mientras me iba a la cita con el médico esa misma tarde. Logré bloquear los múltiples pensamientos que inundaron mi mente. No quise avisarle a nadie más hasta que tuviera una idea clara de cuáles serían los siguientes pasos. Mi máxima preocupación era cómo decirles a mis hijos para evitar que se me derrumbaran. Los siguientes cuatro días fueron claves para dibujar el plan de acción. Con mi esposo a mi lado y mi hermana al “pie del cañón” para entrar al “baile” en el momento que lo necesitara, decidí manejar esta circunstancia como una tarea más en mi vida; un proyecto que había que planear para que se llevará a cabo con éxito. Me hice un mapa mental de la cronología de eventos, de los miembros del equipo que me acompañarían en la ejecución, de los recursos financieros que iba a necesitar, de los “asesores” prácticos y espirituales que invitaría a ser parte de mi equipo, para que me apoyaran durante todo el proceso. Cuando le comuniqué la noticia a cada uno de mis hijos, dos de ellos estaban fuera del país en la universidad, los llamé por FaceTime como mi amiga Annie me recomendó; era importante que me vieran y yo ver sus reacciones. Les hablé de la situación explicándoles la realidad (sin darles mucho detalle) como me aconsejó ella. En el capítulo de mi libro donde hablo de este episodio comparto que al yo escucharme hablar, era como que les estaba contando que me iba a comprar un carro y que estaba decidiendo si sería Honda o Toyota.

Cuando el temor y la incertidumbre nos quieran ahogar, necesitamos agarrarnos de algo; nosotros nos agarramos de Dios porque esa es nuestra fe. Jeremías 17:7-8 dice: »Bendito el hombre que confía en el Señor y pone su confianza en él. Será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme que llegue el calor, y sus hojas están siempre verdes. En época de sequía no se angustia, y nunca deja de dar fruto».

Creemos firmemente que las situaciones difíciles hay que enfrentarlas de una vez; lo peor es ignorarlas o posponerlas. Como dicen, “al toro por los cuernos”.

¡Tomemos acción, porque la vida sigue!