• 2019-09-25

En la columna de esta semana no les voy a hablar de contabilidad, no se dejen llevar por el título. Hoy quiero hablar sobre el perdón, y para ello me gustaría hacer una analogía con las cuentas por cobrar. Cuando las personas nos hacen daño nos llenamos de resentimiento. Cada acción negativa en nuestra contra se va acumulando igualito que una cuenta por cobrar. Y mientras más se acumula, más grande se hacen los resentimientos y más amargura alojamos en nuestro corazón. Hace poco estuvimos platicando con una amiga que se acuerda de todas las personas que en toda su vida le han hecho algún daño, y te cuenta como si pasó ayer algo que sucedió hace cuarenta años. Lo más impresionante es que una historia la lleva a otra, y cada una tiene su protagonista. Mi esposo dice que cuando uno tiene algún resentimiento contra alguien y nos rehusamos a perdonar, es como andar con esa persona al lado de nosotros todo el tiempo. Nos levantamos de la cama por la mañana y la persona se levanta con nosotros; nos vamos a trabajar y ahí va a nuestro lado. Una vez escuché a alguien que dijo que cada persona que no perdonamos es como andar una bola de hierro atada a nuestro tobillo; piensen lo que significa andar algo tan pesado de arriba para abajo. El peso nos detiene, nos atrasa y cansa.

Otro error que cometemos es hablar del tema una y otra vez. Cuando era niña muchas veces me caí y me raspé las rodillas. Mientras la herida iba sanando se formaba una costra protectora, pero a veces me volvía a caer sobre la misma rodilla; y la costra que se había formado se levantaba y dejaba al descubierto una parte de la herida que aún estaba en carne viva. Cuando no perdonamos a alguien que nos hizo daño y hablamos constantemente de lo que nos hizo, estamos levantando la costra.

Antes les tenía “facturas” a muchas personas. Cuando tomé la decisión de abrir mi corazón a Jesús le pedí perdón por muchas cosas, y tomé la decisión de perdonar a todas las personas que estaban en mi lista de “cuentas por cobrar”. Recuerdo una vez que mi papá se enojó conmigo y me dijo muchas cosas feas, me enojé y me dolió bastante, pero ya había aprendido a perdonar. Decidí escribirle una carta donde le enumeraba cada cosa por la cual lo perdonaba; me fui hasta donde mi mente pudo recordar. No sé cuántos ítems tenía en la lista, pero le fui diciendo: te perdono por……..Releí la carta varias veces para eliminar palabras inadecuadas, y consulté con algunas personas cercanas a mí si debía enviársela. Todos me dijeron que lo hiciera. Dejé pasar varios días y se la envié. Sé que mi papá la recibió, pero nunca me dijo nada al respecto. Tampoco yo traje a colación el tema; pero haber puesto por escrito cada cosa por la cual lo perdonaba, terminó de liberar mi corazón del rencor que había cargado por muchos años. Hay un personaje que le ha hecho daño a mucha gente en nuestro país, y me lo encuentro muy a menudo, creo que vive cerca de mi casa. Confieso que cada vez que lo veo se me cruza por la cabeza cualquier barbaridad, pero he optado por bendecirlo en vez de maldecirlo. No es fácil y tal vez Dios me lo está poniendo en el camino tan a menudo para que “ejercite el músculo del perdón”.

A veces repetimos como loras la oración que Jesús nos enseñó, el Padre Nuestro, que en una de sus estrofas dice “perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” Mateo 6:12. El perdón es una decisión, la sanidad del corazón viene después. Tenemos un amigo que dice que todas las noches antes de acostarse hace un recuento de su día y perdona a las personas que le hayan hecho algún daño. Excelente manera de mantener las “cuenta por cobrar” al día.