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En ocasión de Navidad:

Estimados amigos, y hermanos, les renuevo la invitación a vivir el nacimiento de Jesús, a celebrar su venida en medio de nosotros, de tal modo que nos mantengamos en una actitud de apertura y disponibilidad al encuentro con Él.

La vigilancia del corazón, que el cristiano está llamado a ejercer siempre en la vida de todos los días, caracteriza en concreto este tiempo de alegría en el que celebramos el misterio de Navidad.

El ambiente exterior propone los habituales mensajes de tipo comercial, aunque quizá en tono menor a causa de la crisis económica. Los cristianos católicos estamos invitados a vivir la Navidad sin dejarnos distraer por las luces, pero sabiendo dar el justo valor a las cosas, para fijar la mirada interior en Cristo. Si de hecho perseveramos vigilantes en la oración y exultantes en la alabanza, nuestros ojos serán capaces de reconocer en Él a la verdadera luz del mundo, que viene a iluminar nuestras tinieblas.

El Nacimiento de Cristo nos invita a la alegría, al gozo. San Pablo escribe: “Gozaos siempre en el Señor” (Fil 4,4). La verdadera alegría no es fruto del divertirse, entendido en el sentido etimológico de la palabra di-vertere, es decir, desentenderse de los empeños de la vida y de sus responsabilidades.

La verdadera alegría está vinculada a algo más profundo. Cierto, en los ritmos diarios, a menudo frenéticos, es importante encontrar tiempo para el reposo, para la distensión, pero la alegría verdadera está ligada a la relación con Dios.

Quien ha encontrado a Cristo en la propia vida, experimenta en el corazón una serenidad y una alegría que nadie ni ninguna situación pueden quitar. San Agustín lo había entendido muy bien; en su búsqueda de la verdad, de la paz, de la alegría, tras haber buscado en vano en múltiples cosas, concluye con la célebre frase de que el corazón del hombre está inquieto, no encuentra serenidad y paz hasta que no reposa en Dios  (cfr Confesiones, I,1,1).

La verdadera alegría no es un simple estado de ánimo pasajero, ni algo que se logra con el propio esfuerzo, sino que es un don, nace del encuentro con la persona viva de Jesús, del hacerle espacio en nosotros, del acoger al Niño Dios para que guía nuestra vida.

Es la invitación que hace el apóstol Pablo, que dice: “El Dios de la paz los santifique por entero, y toda tu persona, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts5, 23).

En Navidad celebramos la certeza de que el Señor ha venido en medio de nosotros y continuamente renueva su presencia de consolación, de amor y de alegría. Confiamos en Él; como también afirma San Agustín, a la luz de la experiencia: el Señor es más íntimo a nosotros que nosotros mismos (Confesiones, III, 6,11).

Que cada familia prepare en su hogar el Nacimiento y participemos unidos en la celebración de la Eucaristía de Navidad.