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Hace un año, mientras los hijos de Antonio Morales, líder comunal de Andrés, jugaban alegremente alrededor del río Coco, se formaba el huracán Félix. Poco a poco se fue acercando a las tierras de las comunidades indígenas hasta llegar a categoría 5, arrasando con todo: casas, árboles, animales y hasta 237 personas, entre desaparecidas y fallecidas. Dejando una estela de dolor y destrucción en la Región Autónoma del Atlántico Norte y del Atlántico Sur, afectó directamente a 200 mil de los 314 mil habitantes, mayoritariamente indígenas pobres, de la zona.

Después de la rápida salida obligada y darse cuenta que de un momento a otro los árboles, desde los cuales acostumbran lanzarse para darse un buen chapuzón en el río, ya no estaban, los niños de la familia Morales empezaron una nueva etapa en sus vidas.

Ahora, un año después, las comunidades aledañas al río Coco y en Tasba Pri están dándose la oportunidad de crecer, de asumir el propósito de reorganizarse para fortalecer sus habilidades y mejorar sus condiciones de vida.

“Hemos visto un gran cambio con los productos que nos traen, nos capacitan sobre los insectos, las plagas, controlar la maleza”, afirmó Antonio Morales, refiriéndose al apoyo que ha recibido de Acción Médica Cristiana, AMC. Comparte la convicción de que una comunidad que toma las riendas de sus vidas, en vez de sentarse a extender la mano, es una comunidad que logra hacer cambios sustanciales a su alrededor. Prueba de ello es que durante la cosecha de 2006, todavía enfrentando la emergencia alimentaria de 2005 provocada por la epidemia de ratas, en las comunidades integradas a los programas de AMC y que están asentadas al rededor del río Coco, se obtuvieron 47 mil quintales de frijoles.

Aunque la cosecha de 2007 fue truncada por el paso del huracán Félix, en 2008 se cuenta con 90 mil quintales de frijoles y unas 3 mil 500 manzanas de arroz sembradas en Waspam, y un mil 500 en la zona de Tasba Pri.

Acompañando y no sustituyendo a las comunidades
“Se trata de productos sembrados, cuidados por los habitantes, quienes son los beneficiarios directos. Estamos hablando de una situación totalmente diferente a la crisis de hambre que se dio hace tres años por la invasión de ratas. Esta vez es la gente quien tiene el control de sus tierras, de sus cultivos, no las ratas ni otro tipo de depredador”, expresa el doctor Francisco Gutiérrez, Director Ejecutivo de AMC.

AMC es un Organismo no gubernamental que desde hace más de veinte años tiene presencia en la RAAN, y que ahora acompaña como facilitador a 145 comunidades en todo el país, de las cuales 55 están asentadas a lo largo del río Coco, desde Raití hasta Cabo Viejo, donde atienden a unos 30 mil indígenas.

En esas alejadas y empobrecidas comunidades AMC atiende proyectos de rehabilitación desde su inspiración cristiana, gracias al respaldo de la ayuda externa que les han confiado múltiples organismos y agencias internacionales. Colabora en alianza con otras instituciones en 24 comunidades de Wiwilí y 15 en la zona del río Bocay. En todo el país atienden a unos 95 mil habitantes.

“La metodología de trabajo es tener a la comunidad como motor y sujeto activo de sus propios cambios, y no como víctima u objeto pasivo o simple receptor de “ayuda”, esperando que lleguen agentes externos a solucionar sus problemas”, comenta el doctor Gutiérrez.

58 bancos de semilla
Gracias al enfoque de trabajo desde la comunidad, otro cambio positivo importante es la creación de 58 bancos de semilla, los cuales tienen almacenados un mil 500 quintales de frijoles para el próximo ciclo agrícola. De igual manera cuentan con 48 mil bolsas plásticas con sus respectivas plantitas, que están listas para ser trasplantadas. Este tipo de acciones coordinadas ayudan en la prevención del hambre y están orientadas en la reforestación, que es indispensable para la renovación del hábitat y la disminución de la vulnerabilidad ante fenómenos ecológicos.

De igual manera, la población costeña está criando animales como gallinas y practicando la lombricultura para mejorar el suelo. Asimismo, están sembrando otro tipo de productos orgánicos que les permite evitar el hambre y combatir la desnutrición; por ejemplo, hortalizas y frutas como pipián, ayote, tomate, sandía, rábano, repollo y pepino.

La gente usa materiales de construcción autóctonos de las respectivas localidades para la elaboración de corrales y cercos de protección de sus tierras sembradas. Así ahorran y evitan comprar alambre, zinc o hierro. Los cercos vivos y cercas de leños no requieren el abastecimiento de materiales exógenos, que encarecen los proyectos y los hacen insostenibles.

“Se ha visto que la gente quiere las semillas y hortalizas porque están concientes de que es para mejorar su alimentación”, nos comenta Carmen Rayo, técnica agrícola de Waspam.