Edgard Barberena
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Ernesto Aburto, quien hoy deja END para jubilarse, recuerda y agradece mucho a los grandes maestros de su vida estudiantil y profesional. De sexto grado nunca olvida los ejemplos y conocimientos aprendidos del profesor José Dolores Hernández Sequeira, natural de Acoyapa, Chontales, quien se pagaba sus estudios de Medicina en León impartiendo clases donde el Padre Hernández.

Apodado “El Mono Sabio” por sus compañeros de hospedaje en “La Casa del Estudioso”, debido al abundante vello de su pecho y sus brazos, y por el gran caudal de conocimientos que trajo de sus profesores del Instituto Nacional de Oriente y Medio Día de Granada, entre ellos Gonzalo Barberena Pérez y Carlos A. Bravo, el profesor Hernández le impartió conocimientos de Aritmética, Gramática y Ciencias Naturales que todavía usa cuando escribe sobre esos temas.

Ernesto reconoce que de la universidad aprendió básicamente las técnicas del periodismo, así como valiosas lecciones de redacción del profesor Fidel Coloma y su discípula Michelle Najlis. También aprendió lecciones de sintaxis del profesor Julián Corrales Munguía, las que ahora le permiten organizar de manera eficiente sus párrafos.

Sobre Corrales, agradece que una vez lo haya hecho repetir un curso al aplazarlo durante un examen oral, pues “si bien aquello me llenó de furia y otros sentimientos negativos contra el docente catrín, después reconocí que yo estaba muy engreído con lo que consideraban mi talento excepcional, y que era necesario ese violento aterrizaje para tomar las cosas en serio y estudiar como Dios manda”.

La universidad
Aparte de eso, en la universidad no le enseñaron nada nuevo que antes no le hubieran enseñado sus inolvidables maestros de la Escuela Normal de Jinotepe: Ramiro Matus Campos, Henry Flores Casco, Rafael Sánchez Richardson, Armando Rodríguez Serrano, Manuel Mendieta, Edgardo Gutiérrez Obregón (El Papa), Antonio Rocha, Pedro Ignacio Cruz, Orlando Castillo Rodríguez, Carlos Jiménez Cajina, José Antonio Castillo Tamariz, Lila Vanegas, Carmen Salmerón de Avilés, Emilio Hernández Tórrez, Fernando García González (el director), Enrique “El Negro” Herrera, y Santiago León Espinoza (subdirector), entre otros.

“Con semejantes maestros, ¿tenemos alguna justificación para ser brutos?”, se pregunta Ernesto, quien por otra parte, alberga profundos sentimientos de gratitud hacia la extinta dama de Acoyapa, señorita Orfa Báez Reynoso, ex secretaria del Ministerio de Educación, y luego experta bibliotecaria, quien posibilitó su llegada como becario a la Normal de Jinotepe en 1962, y siempre estuvo pendiente de sus logros y problemas para animarlo a seguir adelante.

Sobre los profesores de la Normal jinotepina, Ernesto sigue diciendo que eran maestros escogidos por sus grandes talentos, así como por su vocación y aptitud para formar educadores en una Normal, que para la época, era uno de los principales laboratorios docentes de la Unesco en América Latina.

Tan así era –-recuerda nuestro entrevistado-- que los más renombrados expertos de habla hispana que tuvo la Unesco, como el chileno Alejandro Covarrubias, los ecuatorianos Ligdano Chávez y Francisco Terán, quien escribió junto con Jaime Incer el primer libro moderno de Geografía de Nicaragua, el español republicano Santiago Hernández Ruiz y la brasileña María De Freitas, pasaron por esa casa de estudios enseñando a los alumnos y entrenando a los educadores.

De la mano de Pedro Joaquín
De los cinco hijos –-un varón y cuatro mujeres-- que Aburto admira, respeta y ama en este mundo, solamente una, la licenciada Vilma Aburto Sandino, siguió sus pasos en el periodismo, pese a que su propio padre se opuso a que estudiara esa carrera. Sin embargo, ella demostró su gran clase como estudiante y profesional, y actualmente se desempeña como Directora de Prensa del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Una anécdota que Ernesto recuerda con emoción, fue su encuentro en el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. “Cuando quebró el semanario La Nación Nicaragüense en 1977, obtuve una cita con el director de La Prensa y le pedí un empleo en la Redacción. Para decirme que no, me acompañó en un ligero periplo por la Sala de Redacción, para mostrarme que a esa hora de cierre -–las once de la mañana-- todos los puestos estaban ocupados y que no había espacio para nadie más.

“De todos modos -–me consoló-- mandame tu currículo y una descripción de todo lo que podés hacer en periodismo. Entonces comprendí que para tener un trabajo en ese diario, que era como la consagración profesional de los periodistas nacionales, tenía que proponer algo extraordinario, fuera de lo común, y de golpe se me encendió la bujía.

“Recordé que a Pedro le encantaba la crónica viajera, y que él mismo había escrito reportajes de giras memorables por los fronterizos ríos Coco (norte) y San Juan (sur) bajo el título de Los Pies Descalzos de Nicaragua, y entonces, aprovechando que yo poseía un vehículo en buen estado y equipo fotográfico de mediana calidad, le describí un vasto plan de crónicas viajeras por todo el país, dentro de un gran proyecto de culminaría con un libro, o una especie de geografía periodística de Nicaragua. Fui a la casa de mi vecino Julio Robelo, que era celador-portero de La Prensa y vecino mío en la Colonia Nicarao, para pedirle el favor de que entregara al doctor Chamorro, y en sus propias manos, el fólder con mis papeles escritos a máquina.

“Acto seguido me fui para Nandaime, y como tenía algunos ahorros de mi trabajo anterior que me iban a permitir estar sin trabajo durante varios meses, me perdí como diez días en un largo paseo de pesca y caza por las playas de El Astillero, Las Salinas de Popoyo y otras del municipio de Tola.

“Al regresar a Managua, llegué en taxi a la oficina de mi padre, donde gerenciaba una pequeña afianzadora y tramitadora de placas y licencias de Tránsito en el extremo oriental de la calle 15 de Septiembre, y mientras sacaba unos billetes arrugados de la bolsa de reloj para pagarle al taxista, me gritó ante todos los amigos que estaban con él: ‘¿Y vos en dónde te has perdido? ¡Pedro Joaquín Chamorro te anda buscando desde hace varios días porque quiere hablar con vos de trabajo! Aquí ha venido varias veces el chofer de La Prensa. ¡Andate ya para ver qué quiere!
“Eso dejó asustado a todo el mundo, ya que el doctor Chamorro en vida ya era como un prócer en este país, y que un hombre de ese calibre anduviera buscando a un hijo de Luis Aburto, pues era una cosa muy importante.

“En la oficina de Pedro, la secretaria me anuncia y el hombre también sale gritando de su oficina con los brazos abiertos: ‘¿Adónde te metés vos, hombre? Me mandás una carta y te desaparecés. Yo quería ofrecerte algo, entrá y hablemos’. Entonces Pedro ya tenía diseñado un vasto plan de crónicas viajeras por diferentes sitios de Nicaragua, y me citó para el siguiente día para que en la oficina de personal me prepararan un proyecto de salario y viáticos.

“Un día después, a la hora convenida, el jefe de personal de La Prensa, Francisco Jirón, en presencia del doctor Chamorro, me expuso un plan de salario mensual por 3 mil 500 córdobas, más viáticos de alimentación, hospedaje y depreciación de vehículo. En total casi siete mil córdobas, una cantidad que nunca había ganado en mi vida, pero aun así, más por vergüenza que por audacia, cuando Pedro me preguntó que si aceptaba, le dije que llegaría con mi respuesta en horas de la tarde. Por supuesto, la respuesta mía fue positiva.

“Cuando empecé a viajar y escribir, al doctor Chamorro le gustaban tanto mis crónicas, que personalmente se iba donde los armadores para indicarles cómo iban a poner la ventana para arrancar el escrito en primera plana, y cuál era la foto de afuera y cuáles las del ‘pasan’.

Consagración periodística
“Llegar a La Prensa en aquella época era como la consagración de una carrera periodística, porque significaba compartir espacio con plumas brillantes como Danilo Aguirre, Filadelfo Alemán, Hermógenes Balladares, Luis Hernández Bustamante, José Antonio Bonilla y ya no se digan las “vacas sagradas” como Horacio Ruiz y otros”.

Dice Ernesto que su contratación en La Prensa “fue vista con recelo, y algunos compañeros como Manuel Eugarrios, al principio no me hacían buena cara, pero luego él llegó a ser un entrañable amigo mío. El primero que se me acercó en plan de compañerismo fue Luis Hernández Bustamante, y lo primero que hizo fue invitarme a beber guaro en una cercana cantina que llamaba “El Ranchón”, del cual era un asiduo parroquiano y se decía que hasta cofundador.

La corresponsalía de guerra
Cuando asesinaron al doctor Chamorro, la crónica viajera no tenía sentido, la guerra estaba repuntando, y “como yo era el viajero, me ocupaban para enviarme a los lugares donde el FSLN estaba atacando, y “así conocí a Abelardo Sánchez, en Nueva Segovia, con quien recorrí varios escenarios de guerra”. También le tocó ir a cubrir los asaltos al cuartel de Masaya. “Esta cobertura la hice con el fotógrafo ya fallecido Manuel Salazar”.

En la insurrección final “quedé atrapado en los barrios orientales de Managua y anduve con mi cámara fotográfica recorriendo las trincheras, y cuando se produce el Repliegue, “me tuve que ocultar porque debía proteger a mi familia y sacarla de Managua, cosa que hice y me mantuve con bajo perfil en Nandaime hasta el final de la guerra”.

“Siete años después de la fundación de EL NUEVO DIARIO, fui enviado en comisión de servicio a trabajar como editor de Barricada, donde laboré por cinco años, pero en 1992, cuando el FSLN ya no estaba gobernando, y yo creí que me habían dejado abandonado en aquel periódico a punto de colapsar, fui sorpresivamente llamado de regreso a EL NUEVO DIARIO por el ingeniero Xavier Chamorro y el doctor Danilo Aguirre, quienes me ofrecieron la jefatura de información que había dejado vacante con su renuncia el inolvidable Manuel Eugarrios. Después estuve como editor de cierre y editor de mesa, hasta mi reciente jubilación el pasado 16 de enero de 2009”.