Amparo Aguilera
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Hace tres años, Jacquelin Pérez Gutiérrez soñaba con ser enfermera. En ese entonces, la chavala de 19 años cursaba tercer año de secundaria y anhelaba trabajar en un hospital. Hoy, sin embargo, piensa poco en una profesión.

“Ya no pienso en lo que quiero ser, como antes no, porque ya no estudio”, refiere con pena, pues ya tiene 22 años.

En 2006 ella dejó de estudiar porque su mamá, según cuenta, no tenía cómo conseguir los 20 córdobas que sábado a sábado requería para pagar su pasaje a la escuela.

“Cada sábado tenía que ir de Santa Rosa (su comunidad) a Ocotal para estudiar secundaria en el Instituto “Rubén Darío”, y mi mamá ya no pudo apoyarme, porque estamos solas. Además, tenía que costear la comida”, añade.

Como Pérez, hay por lo menos 50 jóvenes en Santa Rosa en la misma situación. En la comunidad, poblada por 641 familias procedentes de Mozonte, sólo hay un centro escolar que atiende primaria.

“Si uno quiere ir a la secundaria tiene que ir a San Fernando (municipio al que pertenece la comunidad) o a Ocotal, aunque para nosotros es más fácil ir a Ocotal, porque de paso se pueden ver las carreras que uno puede costear”, agrega Pérez. Daceling Castillo, de 18 años, destaca que el costo para estudiar, cada sábado, implicaba para ella desembolsar 120 córdobas. “Salía caro, así que no pude seguir. Me quedé en segundo año de secundaria”, reitera, tras indicar que quería ser una ingeniera, aunque ahora tiene que conformarse con laborar en el campo.

Soynica: una salida

“En Santa Rosa, todos los que dejamos de estudiar trabajamos en la agricultura. Ayudamos a sembrar hortalizas, que luego se venden en el mercado de Ocotal (donde hay buena clientela) y con eso sobrevivimos”, menciona Castillo.

Cada familia, con esa tarea, obtiene al mes entre 200 y 400 córdobas. “Así que estudiar, en nuestro caso, casi es un lujo”, insiste Pérez.

Pero no todo está perdido. La Asociación Soya de Nicaragua, Soynica, está juntándolos y capacitándolos en temas de nutrición, desnutrición y producción. Al punto que los chavalos prevén instalar, en los próximos días, huertos en su comunidad.

“Queremos sembrar hortalizas y frutas para sacarle venta, y con el dinero que obtengamos podríamos ir al instituto, y, tal vez de aquí a tres años lograríamos sacar el bachillerato”, destaca Pérez.

Aunque, “claro, lo ideal sería tener una ayuda de algún organismo o del gobierno, porque eso nos impulsaría mucho”, concuerdan las jóvenes.

Sandra López, asistente de coordinación de Soynica en el Norte, manifiesta que la entidad está dispuesta a “acompañar” las iniciativas de los jovencitos. Sin embargo, para eso, ellos deberán mantenerse organizados y ser perseverantes.

De momento “les estamos dando herramientas para que ellos propongan, hagan planes, y así asesorarlos, ayudarlos en lo que necesiten”, añade Marthita Ruiz, técnica de incidencias políticas en Soynica.

Pérez enfatiza en que lo que requieren es semilla. “Con eso bien empezamos”, apunta con un tono optimista.

Ayuda no llega a todos

Israel Pérez y Emma Zamora son dos jóvenes que sí están estudiando su secundaria. Ellos coinciden en que están cursando su bachillerato gracias a un organismo religioso que se denomina “Comunidades Eclesiales de Base”.

“El organismo nos paga la mensualidad en el Instituto y nos da el pasaje, y a cambio los que somos beneficiados tenemos que cuidar animales en la comunidad. Pero esa ayuda no llega a los jóvenes que no pueden cuidarlos”, aclaran.