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Ciudadanos costeños, dentro y fuera del país, añoran y recuerdan la antigua navidad en Bluefields, unos la añoran como la mejor época de su infancia, otros invocan la conservación de valores familiares y la unidad de sus miembros, porque no era necesaria la migración, y hay quienes invocan el pueblo seguro y los viejos locales, ríos, criques y sitios de paseo que se han perdido.

Néstor Ruiz recuerda que aquellas navidades iniciaban desde noviembre, “cuando se sentían vientecitos frescos, el cielo azulito sin una nube y el sol brillante, la gente era más “parlanchina”, y aquellos gritando sin razón en las calles:
“¡¡¡Hey!!! ¿Watch out with me, you don’t know me?”  (¡¡¡Hey!!! ¿Qué me ves, no me conocés?).

“Íbamos a la escuela más animados porque se sentía que eran los días finales de colegio, y se multiplicaban las dudas si ibas a pasar el grado o no, porque en ese tiempo valía más el examen final que las notas de todo el año”.

El piso de pino

Ruiz relata que entonces “se hablaba si habría dinero para pintar la casa aunque sea por fuera, si pintarían el piso de tambo, si los mismos colores (blanco y verde). Al final, la casa al menos se lavaba y se dejaba limpia. Se sacaban los adornos viejos, sin faltar el letrero de Feliz Navidad o Merry Christmas, que se colgaba en la sala donde mejor se viera.

No todos podían poner un arbolito, y “menos de aquellos arbolitos blancos. Eso era solo para los que tenían familia en los Estados Unidos, o que podían comprárselo donde los chinos, que eran los que dominaban el comercio en Bluefields, como Wing Sang, William Woo, J. K. Siu, Yee Loy, don Félix Castellón, llenos también de pólvora que traían de China”.

“En esa época, gran parte había emigrado al Pacífico por la facilidad de estudio, y otros por mejores oportunidades de trabajo. Cuando volvían de visita, venía la pregunta:
-- Y al fin, ¿vienen la fulanita, y el sutanito?
-- ¿Y cuándo viene?
--  El jueves.
--  ¡Ah! ¡Entonces viene en el bote de Levy!
-- Y qué tonta, ¿por qué no se vino el miércoles en el “Ciudad Rama”? Ese es más rápido y tiene roconola.

La travesía
Los viernes, pocos pasajeros venían a Bluefields porque le tocaba al barco que se llamaba “Rompecabezas”; tenía un lanchón que remolcaba para meter carga y ganado, y lo peor es que se iba parando en cada finca a la orilla del río, y los gritos de los ayudantes a media noche, cuando se quedaba varado y no podían retroceder.

El día que le tocaba a “El Bluff”, era crítico, porque no navegaba rápido. Y aquel molote en el muelle, todo mundo ya se había amarrado con el hombre de la carretilla para llevar las maletas. Y el pleito que se armaba después por los que ofrecían un chelín más.

Los queques
Tres días antes de Navidad, recuerda Ruiz, comenzaban a hacerse los queques, “eran para compartirlos con los vecinos y amigos, como muestra de amistad, de amor, de olvidar rencores. Al final había más queques de los que se habían hecho”.

Las fiestas se hacían sin organizarse, “informalmente empezaban a llegar a la casa, y se iba comprando todo poco a poco en la medida que llegaban: Ron Tropical, Ron Oro, agua, hielo, gaseosas… Los novios de ese entonces, si estaban peleados, ahí se reconciliaban con una buena romanceada delante de todos para demostrar que se querían, todo en un ambiente sano”.

La Calle del Comercio era intransitable, porque los chinos, aunque tacaños, ese día derrochaban en quemar pólvora desde sus corredores en el segundo piso de la tienda.

La música en la radio
Raúl Tijerino recuerda: “Radio Atlántico sonaba a cada rato temas navideños.  Eran muy lindos esos días de infancia, todo se miraba más radiante, los colores más intensos, era tiempo de Primeras Comuniones, exámenes en el colegio San José, carreras de graduación de sexto grado, y allí corrían el profesor Heberto Sandoval --cariñosamente conocido como “Toto”--, atendiendo a todos los que buscaban cómo les elaborara el pantalón para esa primera comunión o graduación. Ya estaba encima la fiesta de la Navidad, La Mercantil Com. Wing Sang, La Puerta del Sol. J. K. Siu, William Woo rebozaban de juguetes traídos de Estados Unidos.

“Prácticamente, con unos días de vacaciones, los pequeños aprovechábamos para visitar nuestros lugares de diversión, La Poza del Diablo, Lunkun Creek, El Marañón, El Remache, El Champion, El Pool y hasta El Puente, o aquellos que les gustaba la pesca, alquilábamos un bote de canalete en El Canal y nos fondeábamos en los rieles a pescar”.

Doce de la noche en fin de año

“El 31 de Diciembre, cuando las campanas de la Iglesia Morava, Nuestra Señora del Rosario, Anglicana Bautista y Sabatista, lanzaban al vuelo a las doce de la noche, todo el pueblo se movilizaba como cuando vemos una película de acción; cargas cerradas explotaban por doquier en el centro de Bluefields, bombas, triquitraques, cohetes de luces, y la gente corría, algunos atrevidos pretendiendo apagar las cargas cerradas para luego tirarlas ellos” recuerda Tijerino.


“Al día siguiente, 1 de Enero, despertaba callado y perezoso, y la ciudad despertaba con el ruido de tambores y trompetas, y veía desfilar a los miembros de la Logia, que del centro de Bluefields se dirigían hacia Old Bank, al mediodía se escuchaban los morteros y la fiesta se iniciaba en el corazón de Old Bank.

“Muchos caminábamos por Point Teen, Beholden, hasta llegar al lugar donde estaba el palo lucio, chanchos ensebados, bailes, venta de comidas, y en todo el trayecto, amigos y conocidos te invitaban a sus casas, y después del saludo de Happy New Year compartían el queque de frutas y Ginger Beer (fresco de jengibre). Ese era nuestro pueblo.

Los indios de los benkes

Doña Casta Cantero relata: “Me acuerdo que Bluefields se alegraba muchísimo con los que volvían a su pueblo, de Managua, de Costa Rica o de Panamá, ellos regresaban para las fiestas de fin de año.

“También impresionaba la llegaba de los trabajadores indios de los benkes de madera, de los Ocampo, y del recordado Marcelino Sequeira. Estos indios trabajaban arduamente todo el año para llegar a Bluefields, y gastar todo lo ganado en jornadas largas y pesadas”.

“Pero para ellos valía la pena. Recuerdo que llegaban donde don Miguel Bendaña a argentarse primero de su machete nuevo, mecates, zapatones burros, pantalones de azulón, sacos hulados para el duro invierno, y clavos, entre otros materiales que necesitaban y lo demás”.

Roconola, guarón, bocas

“Luego se iban, pues, a pachanguear al Hong Kong, donde los esperaba un ballroom lleno de cintas de todos colores, una roconola que era la fascinación, y, sobre todo, buen guarón con bocas, sombreros hechos de papel crepé, y, al son de las Cartas a Eufemia y La Rana, bailaban y bebían una semana hasta el 31 de Diciembre, cuando todos pálidos, engomados, algunos hasta golpeados por la euforia de las fiestas, a paso lento se encaminaban a sus botes para retornar a los benkes. El dinero corría a montones por todos lados, dinero ganado a base de mucho esfuerzo”.

Ipegüe a los chinos
“Nosotros, todos chavalos y chavalas, íbamos donde los chinos, pidiendo mejor ipegüe que todo el año, pues nos daban un confite de perpermint, pero para Navidad, les pedíamos triquitraques o nada.

“No pepermint, si no nos íbamos donde J. K. Siu, que siempre tenía una canasta llena de triquitraques para los chavalos. Y los viejos tomando y comiendo en armonía con los vecinos, con los que pasaban. No había horario de acostarse.

“¡Quién no va a recordar el Bluefields de aquellos tiempos…!, cuando éramos una sola familia, cuando el son de los ritmos candentes de Arnal Hodgson eran un imán para ir a Cotton Tree (Punta Fría) a ver a todos los negros con sus danzas exóticas, bellísimas, que hacían que la Navidad en Bluefields fuera la más linda… Así lo veía yo, y así lo recordare siempre, mi pueblo amado y bello que nunca volverá a ser el mismo”, concluye Cantero.