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La maestra Susana Ruiz Soza, de 77 años, está en silla de ruedas desde hace 10 años tras un derrame cerebral, y, agregado a eso, resiente las secuelas que el polvo de la tiza le dejó en la garganta y en la vista.

Aun así, sonríe cuando se le pide que recuerde los mejores momentos de sus años mozos, los cuales entregó en las aulas, por 24 años, desde 1958, cuando la ubicaron en la comarca El Zapotillal, en el municipio de Quilalí.

En 1982, por recomendación de un médico la jubilaron, porque le dijo que no podía continuar manipulando la tiza ya que era alérgica al polvillo que esta desprendía.

Ella forma parte de esas educadoras que el tiempo casi oculta en el anonimato. “Hace pocos días, mi bisnieta que tiene 11 años y está en Sexto Grado, vino a abrazarme con alegría. Le pregunté por qué. Y ella me dijo: ‘Es que en la escuela me di cuenta que vos fuiste maestra’”.

Hasta en bestia llegaba a la escuela

En las entonces inhóspitas montañas de Quilalí, de la mitad del siglo XX, recuerda que con muchas dificultades viajaba en una camioneta hasta el pueblo de ese municipio, y de ahí llegaba a El Zapotillal a lomo de una bestia.

“No había escuela. Una familia del lugar que me daba alojamiento prestaba el corredor de su casa, donde impartía clases a unos 50 muchachos”, recuerda.

En su peregrinar por llevar el pan del saber, estuvo en la comunidad de Muyuca, en Tastalí, Puntalitos y El Limón, del municipio de Jalapa.

“Ganaba 300 córdobas, y era buen pago, porque en ese tiempo, la comida era barata. Imagínese que por dos tarros de leche, de esos de avenas que se compraban antes, uno pagaba 50 centavos”, rememora.

Dice que recibe una pensión por jubilación de C$2,875, pero debe gastar mucho en la compra de medicamentos, porque en la clínica previsional donde está inscrita siempre le dicen que no hay.

Una pensión que gasta en medicinas

La maestra Amparo Corrales Salgado, de 66 años, entregó 34 años de estos a la enseñanza primaria. La mitad de ese período en las zonas rurales, como en la comarca Las Manos, en Dipilto, en Quilalí, Wiwilí y Jalapa.

En algunos momentos de su narración, su voz se estremeció al recordar las vicisitudes que ella y los docentes de la década de los años 60 del siglo pasado sufrían, como los malos caminos, la incomunicación, la falta de condiciones en las escuelas, sin embargo, también recordó con los ojos muy brillantes, el amor que cultivaron hacia la niñez de esa época.

A pesar de su experiencia desarrollada en las aulas, fue hasta en 1998 que vio en sus manos el título de maestra, no obstante, con orgullo, dice que un graduando de Sexto Grado de esa época era casi como un bachiller de hoy, porque la enseñanza era muy sólida, y, además, estaba basada en valores de respecto al maestro. “Ahora, un niño de primer grado le da en la cara a la maestra”, acota.

Añade que después de jubilada no ha recibido ningún reconocimiento de las autoridades, ni de organización civil alguna.

La pensión de C$2,500 que recibe es apenas una ayuda para comprar medicamentos que no le entregan en la clínica financiada por el INSS.

“Para la artritis tengo que comprar una pastilla diaria que cuesta C$8, que es un medicamento regenerativo, porque no quiero quedar como mi hermana (Reyna Corrales Salgado), que también fue maestra y está en cama”.