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A 56 kilómetros de la capital, sobre la carretera León-Managua,  el cobrizo color del ladrillo llama la mirada hacia las modestas construcciones del municipio La Paz Centro.

También se aprecian tendidos en el suelo ladrillos y tejas de diferentes formas y tamaños, aún con el color gris del barro húmedo, medio de subsistencia de buena parte de la población.

En el lugar existen más de 45 pequeñas y medianas empresas, en su mayoría núcleos familiares que viven de la fabricación de ladrillos y tejas.

De acuerdo a Isabel Donaire, Vicealcaldesa de la localidad, cada empresa contrata para las faenas diarias, entre 10 y 15 personas.

Calcula que unas 1,500 personas dependen de esta actividad que se perfila como la segunda de importancia económica en La Paz Centro.

A la comuna, por ejemplo, según la funcionaria, anualmente las ladrillerías le aportan entre C$40,000 y C$60,000 en concepto de impuestos.

Trabajo agotador y mal remunerado


Manuel de Jesús González Munguía, de 36 años, se levanta a diario a las dos de la madrugada, y se dirige a la Ladrillería San Pablo.

“Tengo que aprovechar la madrugada para adelantar el trabajo, porque después de la siete de la mañana trabajo bajo el sol”, comentó el artesano. Es un trabajo agotador, ya que implica  mezclar   tierra y  arcilla correctamente; “utilizo los pies y las manos para remover la mezcla, es una técnica tradicional y sin complicaciones.

“Después utilizo moldes de madera y los relleno de barro”, afirmó, tras agregar que lo más cansado es permanecer agachado en el suelo y bajo el inclemente sol.

Para ganarse C$225 González debe trabajar al menos seis horas y entregar una producción de 500 ladrillos.

“Con el dinero que gano mantengo a mi esposa y a mis tres hijos, tengo 20 años de trabajar como artesano del barro”, afirmó González. Gabriel Ezequiel García, de 24 años, es otro artesano de la localidad actualmente empleado en la ladrillería Los Flores.

Cuenta que desde los 15 años trabaja en la elaboración de ladrillos y tejas, y apenas gana C$72.00 por fabricar 100 ladrillos.  

“Por la experiencia que he adquirido en los últimos años, logro hacer hasta 300 ladrillos y de esa manera obtengo  mejor salario. Todo depende de la agilidad que tenga el trabajador para fabricar más unidades y así ganar un poco más”, detalló.

Según Miguel Ángel Toval, originario de la Finca Santa Emilia, y obrero de la ladrillería San Pablo, el esfuerzo por las horas de trabajo no se compensa con el pago que obtienen; además no tienen el beneficio del Seguro Social.

“La verdad es que en el municipio carecemos de trabajo, tenemos que conformarnos con lo que sea.

Yo no veo rentable trabajar en una ladrillería, pero tengo que hacerlo porque no hay otra alternativa, tengo que levantarme de madrugada y fabricar 300 ladrillos, recibo C$216.00 de pago, es  insuficiente para mantener a mi familia”, relató Toval quien es el único que trabaja en su hogar.

Asimismo, destacó que tras concluir su faena a las 10:30 de la mañana, tiene que mezclar tierra con arcilla, dejarla lista a orilla de las pilas y proceder a recoger los ladrillos recién fabricados y ordenados para introducirlos al horno.  

Apoyo técnico

La Ladrillería San Pablo, al igual que otras 20 micro, pequeñas y medianas empresas del mismo ramo, contaron hace cinco años, con la asistencia técnica y el apoyo económico del Proyecto Desarrollo del Conglomerado No Agrícola a través del Programa Cuenta Reto del Milenio, CRM.

Fueron dotados de modernos hornos industriales, que no solo disminuían la contaminación ambiental y la cantidad de leña que se destinaba para la quema, sino que proporcionaban un mejor quemado, calidad y presentación de los productos.

Gregorio Otoniel Coronado, Gerente de la Ladrillería San Pablo, admitió que el proyecto fortaleció las relaciones comerciales de exportación de sus productos.

Después de trabajar por más de 20 años con hornos rústicos, Conrado dice que el cambio les deja ganancias.

“Hemos fortalecido nuestras normas de calidad y ofrecemos un producto mejor acabado; contamos con hornos modernos que garantizan mejor dureza y fineza en el quemado de los productos, hornos que tienen menos escape de presión y el producto queda bien fundido”, afirmó, tras comentar que por la calidad de sus productos, cuentan con el aval  del Ministerio de Transporte e Infraestructura, MTI.

Según Coronado, emplea a 10 obreros, y en período seco la producción se duplica, así como la cantidad de trabajadores. El grueso de su producción --unas 121 mil unidades semanales-- lo consume el mercado local.

Otra ladrillería que se ha destacado en los últimos años por la elaboración de sus productos artesanales, es el Plantel San Martín con 12 trabajadores y una producción semanal de 11,000 ladrillos y tejas.

Tomas Martin Acosta Ríos, propietario del Plantel San Martin, expresó que las ganancias en la empresa son pocas, oscilan entre C$5,000.00 y C$10,000.00 semanales, y se declaró ahogado por el pago de mano de obra, materia prima, herramientas, energía eléctrica,   impuestos municipales y también a la Dirección General de Ingresos.
 
“Lo que tengo es un negocio familiar, más de la mitad de los trabajadores son parte de mi familia, trabajamos para sobrevivir y en ningún momento para enriquecernos”, aseveró Acosta, quien a partir de este año firmó un contrato de exportación de su producto con una empresa costarricense.  

A pesar de contar con solo un horno artesanal, el Plantel San Martín entrega mensualmente a empresas mayoristas de Costa Rica, 12 mil unidades de ladrillos de piso y tejas mejoradas.

Mujeres obreras del barro

El 95% de los obreros del barro son del sexo masculino, sin embargo, en algunas pequeñas empresas destacan mujeres.
Escarleth Guadalupe Montano, de 32 años, es originaria del Reparto 17 de Julio, y desde los 15 años, después que dio a luz a su primer hijo, trabaja en la Ladrillería San Martín.

“Crecí en medio de una familia de artesanos del barro… y aunque creo que este es un trabajo para hombres, porque es cansado y demanda mucha fuerza, nunca me rendí, hago de todo, acarreo y mezclo la tierra, lleno de agua las pilas, elaboro todo tipo de ladrillos y ayudo a trasladar y ordenar los productos”, dijo.

Según Montano, diario fabrica 1,000 ladrillos pequeños o chafaletas, de lo cual obtiene C$1,200 semanal. Ingresa a la ladrillera a las 3:00 de la madrugada y culmina su faena regularmente a las 10:30, luego se traslada a su casa a preparar el almuerzo y alistar a sus 3 hijos, de 5, 8 y 12 años, que van a la escuela.