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Bluefields

“Cuando me di cuenta que tenía el virus, no salía, no comía, me quería morir, pero con el perdón de mi madre y de Dios, he cambiado la vida, ahora tengo muchas ganas de vivir”, dice el joven Maycoll Hodgson, de 27 años, quien trabajaba en un barco pero lo despidieron porque estaba contagiado.


“Es difícil asumir que estás pegado, porque todo mundo te rechaza y aquellos que dicen llamarse amigos te abandonan, al final sólo tu familia queda cerca”, relata el joven.


“Mata más la discriminación”

Por su parte Margarita Girón, de El Bluff, quien ahora es de la red de promotores de Acción Médica Cristiana (AMC), dice “no es la enfermedad la que nos está matando, es la indiferencia, la discriminación de los vecinos y la estigmatización que se tiene sobre quienes convivimos con el VIH”.

Recuerda un hecho muy duro para ella, cuando “una vez alguien me dio la mano y cuando le dije que yo era portadora, me quedó viendo feo a la cara, se limpió la mano, y otros vecinos hasta me han cortado el habla”, expresa Girón.

Relata Margarita, que decir “Cara Pública” para decir libremente que se convive con el virus no es fácil “es como decir: salir del closet, yo ya lo hice y en todos estos años me he sentido mejor, pero creo que las iglesias deben abrirse más, y no quedarse con el mensaje del pecado, porque eso no ayuda en nada”.

Por su parte Aldo Díaz, portador del VIH, dice que hace 5 años le diagnosticaron que tenía la enfermedad.


--¿Y Como te diste cuenta?, preguntamos
“Tenía fuertes dolores en el cuerpo, una diarrea que me mataba, no quería ir al centro de salud, en un principio, creo que sospechaba que estaba pegado.


--¿Y qué pasó cuando te diagnosticaron positivo?
“Intenté matarme, quería buscar a la que me lo trasmitió, pasé encerrado, me sentía muerto, me preguntaba por qué a mí, pero luego las respuestas vinieron apareciendo en la medida que permanecí encerrado como una semana… yo era vago, tomador, apostador, me gustaba jugar billar, mujeriego, no sé qué pensaba de mi vida”.


¿Cómo decidís cambiar?
“Mi madre es evangélica, le confesé todo, me habló de Dios, me hizo recapacitar y entonces me acordé de mis hijos (3), le pedí a Dios que me diera por lo menos unos 5 años más, para ver crecer a mis hijos… mi mujer me perdonó y gracias a Dios aquí estamos”.

Díaz dice que ha cambiado su vida, que ahora le encontró el sabor a la vida y manda un mensaje: “uno se cree más hombre, mientras más mujeres tiene, estamos equivocados, la infidelidad y la promiscuidad es un castigo”, asegura.

El joven Elery Webster, estudiante del segundo año de Medicina dice que una manera de acabar con la discriminación es tratándonos y aceptándonos, “creo que lo que necesitamos es información para acabar con los mitos de que se pasa la enfermedad con tonterías como saludar con la mano o estar cerca de ellos”.

Manuel Pérez dice que otra forma de acabar con la discriminación con las personas que conviven con el VIH y el SIDA es aceptándolos como son. “El rechazo es de ignorantes, es desconocimiento”.