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María Lidia Rodríguez  Betancourt, después de salir del aula en su primer día de clase, junto con otras compañeras pasó por “la piedra del amor” en busca de Beto, el mono araña con quien jugueteaba y ella y otros niños le llevaban helados, pero esta vez emitió un lamento, él ya no estaba y en su lugar encontró un epitafio: “Mataron al mono Beto con orines y aceite negro. Voy a denunciar a quien lo hizo”.


Venancio Ramón Cerna, su custodio, llegó enardecido ante las autoridades policiales a denunciar “el asesinato de Beto” el pasado domingo. Refiere que en vista de que empleados de la alcaldía realizaban limpieza en el área perimetral de la pista de aterrizaje, retiró al mono del “bajarete “y la hamaquita donde hacía sus malabares y lo ubicó en el taller Gurdián, cercano a su vivienda.


Identificó a un adolescente que el pasado 2 de febrero dio de beber a “Beto” aceite negro y orines, lo cual lo dejó en mal estado de salud hasta morir el pasado sábado.  

Atracción de viajeros

Venancio pide que se haga justicia, pues el mono no causaba daño a nadie, más bien representaba una atracción para los viajeros, estudiantes y chavalada que pasaban por la calle de la piedra del amor, donde el mono araña se contoneaba, moviéndose con su inusitada rapidez y apegando su alargada cola prensil a los arbustos.


El comisionado Jardiel Arteaga, segundo jefe policial del departamento de Río San Juan, informó que el inspector de Auxilio Judicial Jacinto Villalta realiza las investigaciones para remitir el caso al Ministerio Público y adelantó que hay testigos del hecho.  


El jefe policial señaló que esa autoridad también protege a los animales, mientras precisó que el Código Penal, en su artículo 391 sanciona con 50 ó 200 días de multa o trabajar en beneficio de 10 a 20 días por período no menor de 2 horas diarias, a quien cause daño o maltrato a animales.

Beto enfrentó toda una odisea para sobrevivir
El mono araña pasó más de 10 años llevando una vida casera. A Venancio se lo regalaron y se mantenía en el patio de la vivienda, lo recuerda como un animal dócil, manso, y sólo actuaba con agresividad “cuando lo jochaban”. Fue así que mordió a 2 personas y amenazaron con matarlo, por lo que decidió soltarlo en unos tacotales para que buscara el bosque, “aunque yo sabía que cuando un mono se cría en la casa no sobrevive, lo esperé pero no regresó”, recuerda.

Las averías de “Beto”

Días después, mientras Venancio descansaba en su casa, llegó un chavalo a avisarle que “Beto” andaba haciendo averías en los barrios “30 de Mayo” y Linda Vista. Venancio corrió en busca de Beto y decidió tenerlo en un árbol, en el terreno donde está la torre.


Sin embargo, ante la nostalgia familiar Venancio optó por traerlo de nuevo a casa y le construyó una casita, con su hamaquita cerca de la “piedra del amor” (nombre que los lugareños le pusieron a una enorme piedra que tiempo atrás fue escenario de citas amorosas).

Era “gallopintero”

A diferencia de los monos arañas que viven en los frondosos árboles del bosque tropical y se alimentan de frutas y hojas, “Beto” gustaba del gallo pinto, la chicha de maíz y el pinol, “el payan es su tentación” y le derretían los helados.  


El anhelo de Venancio era conservar a Beto para la joven generación, pues dice que la mano depredadora del hombre va a acabando con los antropoide y soñaba verlo desfilar con un traje deportivo en la inauguración de los juegos de Primera División del Germán Pomares.


Beto no pudo regresar a su hábitat, donde acostumbraba andar en manadas de entre 4 y 8 coatá, porque ellos mismos le pasarían la cuenta, pero encontró la muerte en la indefensión.