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La recta del cubano David Jiménez, del Bóer, venía echando humo hacia al plato, pero el swing de Bert Bradford, del San Fernando, un bateador de 386 puntos como amateur en los Panamericanos de Buenos Aires y en tres series mundiales como amateur, fue lo necesariamente preciso. El cohete al right center levantó de las graderías a unos 12 mil aficionados. Ese fue el primer hit disparado en aquella espectacular e inolvidable etapa del beisbol profesional. Ocurrió el 3 de marzo de 1956, hace 55 años.

Ayer en Miami, Bradford, un pelotero costeño sin edad, capaz de las atrapadas más inverosímiles disfrazado de “Hombre araña” en las profundidades del jardín central, graduado en acrobacias, lo que le permitía retar las leyes del equilibrio mientras se balanceaba sobre el filo de la valla, con el público expectante, fue atrapado por la muerte.

Lo vi jugar en la Profesional como un fabricante de emociones con su fildeo, y comencé a cultivar una amistad con él, cuando fue manager del Flor de Caña. Una gran persona desde el punto de vista esférico, es decir total, como apuntaba Facundo Cabral. Pero más que eso, un estupendo jefe de familia. “He tenido tiempo y aliento para garantizar que todos ellos lleguen a la meta”, decía, sacando de entre su humildad, un toque de jactancia.

Bateador de 25 hits en una Serie Mundial, impresionante cifra, Bert Bradford fue un hombre respetuoso por los otros, y pese a su dificultad para sonreír o ser expresivo, rápidamente se simpatizaba con él por su franqueza y su honestidad. Perteneció a una generación de nicaragüenses, lamentablemente en vías de extinción, como los dinosaurios.

No pudo conseguir permiso para ausentarse un mes del trabajo y poder vestir el uniforme nacional en los Panamericanos de Buenos Aires en 1951, pero decidió asistir, porque “cuándo en mi vida voy a poder viajar hasta Argentina”. Como trabajador incansable, estudioso y en permanente superación, supo crecer a un lado del beisbol, y triunfar. Un ejemplo para sus hijos y, por supuesto, un orgullo.

Una enfermedad incontrolable logró atraparlo, obligándolo a batallar por última vez con ese coraje que siempre mostró como pelotero y frente a los retos de la vida. Pero no pudo sostenerse. Era una misión imposible.

Quedan sí, sus huellas.
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