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El triunfo del “Chocolatito” ha sido claro, rotundo y sin complicaciones, mostrando una diferencia tan abismal con Omar Salado, como la que existe entre la bravura del oleaje en un océano agitado, y la timidez de cierta turbulencia imperceptible en una pileta. Nada que ver la capacidad de agresión y contundencia del brillante pinolero, y los pequeños atrevimientos y evidente inutilización del azteca, tres veces derribado, y con cortes por encima y al lado del ojo derecho.

En el séptimo asalto, después de la tercera caída de Salado, con “Chocolatito” volcándose sobre la indefensa presa, herida y aturdida, intervino el árbitro para detener el desequilibrado combate. Desde mucho antes de llegar a ese momento, la superioridad de Román era aplastante.

Comprobamos una vez más que cuando alguien pelea en solitario, como viéndose en un espejo y decidiendo como y hacia donde disparar, no hay emoción. En el propio primer asalto, tumbando dos veces a Salado con una larga izquierda y una potente derecha, el púgil nica quedó listo para firmar el epitafio del azteca.

Las primeras señales, indicaron con claridad que el calvario de Salado estaba dibujado, y  que de prolongarse el combate, sería peor para él. Transitando sobre lo obvio, “Chocolatito” fue edificando una victoria tan cómoda, que al carecer de intriga durante todo el trayecto, sólo interesaba estar atento a la próxima caída y al final.

Román pudo pisar el acelerador a fondo, pero prefirió manejar los hilos del combate con su flexibilidad y facilidad para combinar golpes, asegurar dominio en los cambios que siempre propuso y estrechar la distancia impidiendo que los intentos de golpear de Salado, consiguieran desarrollarse.

Se trataba de mantener al mexicano a raya, sin desgastarse, y lo logró manteniéndolo apretado contra las sogas, sacudiendo su cabeza golpeando con las dos manos, y sosteniendo una presión que seguramente hizo sentir a Salado en el portón del infierno.

Los músculos de la cara del mexicano oscilaban entre la desesperación y el agobio, y su corazón se movía de la garganta al estómago, con sus pulmones resoplando angustiosamente, a punto de colapsar. Un drama que terminó en el séptimo round.

“Sólo sé que no tenía nada que hacer entre las cuerdas frente a un peleador como ese”, debe haber pensado Salado mientras bajaba del ring.