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En la orilla de la fosa, donde quedó convertido en “cádaver” el equipo argentino en esta Copa América, se escuchaba el llanto de una pulga. Argentina, pese a la ventaja de haber batallando con un hombre más desde el minuto 39 hasta el 87, no pudo doblegar a una defensa mordedora y un arquero tan firme como inspirado, como lo fue Fernando Muslera, y cayó 5-4 en la siempre escalofriante definición por penales, al fallar Carlos Tévez una de las ejecuciones.

Pero no fue culpa de Tévez, o de Higuaín, y tampoco de Messi, esa pulga incansable, quien entregó la pelota del único gol argentino, acertó su penal abridor con zurda y se mantuvo en pie de lucha durante toda la extensión de la intensa e impredecible batalla. La culpa, desde hace largo rato, sigue siendo de un equipo que es muy intermitente, sin poder sacarle provecho a su constelación de estrellas.

Argentina, considerado favorito previo por su armamento y condición de local, volvió a naufragar. Fallando Tévez en la ronda de penales después de los aciertos de Messi y Burdiso, nivelados por Forlán y Suárez, Uruguay tomó ventaja con estocada de Scotti, y la mantuvo al fusilar Gargano y Cáceres a Romero, neutralizando las ejecuciones de Pastore e Higuaín.

Provocando y resistiendo tempestades, Uruguay se estimuló con el gol madrugador de Diego Pérez en el minuto 5 cacheteando el balón en el área pequeña, después de un centro de Forlán y el intento de Cáceres. La alarma en las tribunas fue desactivada en el minuto 17, cuando un centro muy bien trazado por Messi fue cabeceado hacia abajo por Higuaín, entrando como tromba desde atrás.

Uruguay fue más equipo, porque su defensa no flaqueó y funcionó como gran soporte, en cambio, los centrales argentinos se vieron constantemente desajustados, más por arriba que por abajo, y al recargarse el trabajo de la contención, se quitó facilidad de conexión con la delantera. El ímpetu de Forlán, la fineza de Suárez, la presencia de Pereira, el marcaje de Cáceres, las atajadas y cierres de Muslera, arrugaron a los argentinos, que tuvieron en un Higuaín diferente al visto contra Costa Rica, un atacante importante, con Messi, no siempre iluminado, tratando de meter balones y resolver, como en el último instante del tiempo regular, frenado por Muslera.

Al apagarse las luces, sólo se escuchaba el llanto de una pulga.