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En una pelea tan imprevisible como inexplicable, con los dos peleadores moviéndose la mayor parte del trayecto entre un oleaje de confusión, ofreciendo imágenes borrosas, el nicaragüense Juan Palacios despertó a tiempo y terminó noqueando al mexicano Armando Torres, un púgil del bolsón, con ocho derrotas en su carrera, derribándolo tres veces en el noveno asalto con golpes cortos pero efectivos, y con suficiente carga.

Antes, en el mismo round, Torres había caído tres veces de diferentes formas sin conteo, resbalándose, siendo golpeado y empujado, mostrándose agotado y lo suficientemente ablandado, para quedar expuesto al golpeo de Palacios, que pareció despertar y desperezarse, cobrando vida, aunque sin la rapidez, destreza y contundencia que le conocemos.

Desmotivado por haber perdido su título interino de las 105 libras en la báscula, el nicaragüense dio la impresión de no querer estar entre las cuerdas en los primeros asaltos, sin poder manejar la distancia ni fijar sus golpes, frente a un rival frontal y sin recursos, que buscó siempre cómo arrimarse, aprovechando que el nicaragüense se había olvidado del paso atrás y sus combinaciones con golpes rectos, todavía aturdido por la frustrante lucha con la báscula.

Los constantes choques de cabezas, amarres, giros innecesarios y falta de precisión, metieron round tras round en una complicada telaraña, pero en los tres últimos asaltos, Palacios logró conseguir la claridad que necesitaba para prevalecer en una recta final, en la cual, el desgaste, agrietaría por completo a Torres, atrás en puntos objetivamente.

No fue la pelea que imaginamos. Palacios no necesitó ir tan largo ni verse en complicaciones. Necesitó escuchar el grito ¡Ánimo muchacho!, para despertarse y terminar noqueando, defendiendo su pequeño prestigio, olvidándose de la corona interina perdida en la balanza.

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