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Levantemos la Supercopa, y brindemos por este Barcelona iluminado por el indomable e incontrolable Lionel Messi, una vez más, escapado de la Lámpara para producir magia. ¡Qué inmenso lució el genial argentino en esa victoria por 3-2, sacada del mar de las dificultades!
Un pincelazo trazado hacia Iniesta; una maniobra solo realizable por él en un espacio tan corto recibiendo un taco de Piqué, inutilizando a Casillas; y esa entrada de karateca, interceptando el envío a media altura de Adriano desde la derecha, y asestando el letal zurdazo como estocada de mosquetero, hicieron posibles esos tres goles que sepultaron a un Madrid impetuoso, aprieta cuellos, constantemente volcado, rugiente y hambriento.
Cuando todo terminó, era inevitable rascarse la cabeza y sacudirla, tratando de encontrar una explicación razonable. No, no es posible que el mejor Madrid que hemos visto en los tiempos recientes, no haya podido vencer en dos intentos, a un Barcelona todavía haciendo ajustes, en busca de su mejor condición física, obligando a Guardiola a manejar “sus piezas” como en un tablero de ajedrez.

Fue un partido excitante, con el “olor a gol” cobijando toda la cancha; con Iker sacando esa pelota aparentemente imposible disparada por Pedro, y neutralizando dos entradas de Messi; con Valdés respondiendo frente a las exigencias con el apoyo del travesaño, sin arrugarse rodeado de tantas amenazas, sobreviviendo al vendaval.

Este Madrid súper agresivo podría llegar a ser imparable, incluso para el mejor Barsa. Su facilidad para llegar con rapidez, claridad y contundencia reiteradamente, es sencillamente fantástica. Se desdibujaba innecesariamente recurriendo al juego brusco, sobre todo por parte de los incorregibles Pepe y Marcelo que sacrifican sus habilidades torpemente. Un Madrid que puede jugar más suelto, con un tránsito veloz por el medio y suficiente profundidad, podría someter a este Barsa si jugaran nuevamente hoy, no en tres semanas como deseaba Guardiola.

Decir que el talento derrotó a la furia, carece de precisión, porque no se puede negar, que además de funcionar huracanadamente el Madrid lo hace con destreza. Es por eso que ahora tiene más tiempo la pelota, y sabe que hacer, con sus hombres destapándose y proyectándose insistentemente, como si su gama de variantes fuera inagotable.

Ese es el gran mérito del Barsa: realizar un toreo brillante, para clavar oportunamente las banderillas. Pese a ser golpeado por el gol de Iniesta, con un “cuchareo” excelente sobre la salida de Casillas, recibiendo de Messi en el minuto 15, el Madrid no quitó el pie del acelerador, y cinco minutos después, Cristiano enderezó apropiadamente un balón llegado desde la izquierda, desviado por Alves, rozando en Ramos, y perforó a Valdés equilibrando la pizarra 1-1. Por finalizar el primer tiempo, maniobra el Barsa dentro del área, suenan las alarmas, Piqué taconea para la entrada fantasmal de Messi, la finta es precisa, el cara a cara con Casillas, y el sutil toque con la derecha para el 2-1 en el minuto 45. El duelo bajó de intensidad y creció en brusquedad mientras se acercaba el final. En el 81, un corner cobrado hacia el primer poste por Kaká, provoca confusión entre la defensa del Barsa, y Benzemá tomando de Pepe, empuja la pelota a las redes estableciendo el 2-2, hiriendo al Barsa y hundiendo a la multitud en las butacas. Fue Messi quien sentenció la batalla, lanzado hacia adelante, levantándose en el aire, y aplicando el zurdazo sobre el centro de Adriano desde la derecha.

Así ganó el Barsa 3-2. El Madrid perdió la cabeza. Marcelo fue expulsado por agresión a Fábregas, el árbitro Fernández se sintió en el ojo del huracán, y solo se atrevió a reanudar el juego por el minuto que hacía falta. Triste final de un juego que valió la pena presenciar.

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