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Lo recuerdo en Barcelona, 1992, con aquella imagen de chico bueno que parecía poder eternizarse más allá de los avatares de la vida, dedicándole a la memoria de su madre, la medalla de Oro olímpica que lo colocó en ruta hacia la conquista de fama y fortuna. Luego lo vimos avanzar hacia la grandeza con un excelente manejo de la sencillez, captando las simpatías de la inmensa mayoría, dando la impresión de ser un incorruptible de la cabeza a los pies. Nunca un gesto despectivo hacia un rival, una palabra malintencionada, una actitud cuestionable.

¡Diablos! El llamado “Muchacho dorado”, un Aquiles entre las cuerdas, tenía que tener su “talón”. Como humanos vulnerables, expuestos a atravesar por diferentes riesgos, todos los tenemos. Pero, nunca esperamos verlo atrapado por el alcohol y las drogas. ¡Cómo ha impactado la noticia!

¿Por qué somos tan frágiles pese a todo lo que podamos conquistar? ¡Ah las tentaciones! Alejandro, César, Napoleón, flaquearon dentro de su grandiosidad. Ahora, cuando eres un boxeador, con menos soportes, pareces condenado a desembocar en lo fatídico, y hasta en lo trágico. Por lo que estamos viendo, Oscar de la Hoya no estaba vacunado contra eso. Nos equivocamos.

El joven medallista que lamentaba no haberle podido decir alguna vez a su madre cuánto la quería, ni recibido de ella un mensaje parecido a eso; que no pudo disfrutar del verdadero calor de una familia como lo relata dolorosamente en su biografía “Un sueño americano”, escrita por Steve Springer, llegó a tenerlo todo una vez retirado del boxeo: una gran fortuna, un futuro sin temores, y una familia bien construida.

¿Por qué fue hacia las desviaciones peligrosas? “Mis drogas fueron la cocaína y el alcohol. Durante los últimos años, me llevaron a un lugar seguro donde nadie me podía decir nada. Esta adicción, arruinó mi vida. No soy capaz de suicidarme, pero lo pensé”, expresó frente a las cámaras de Univisión.

Ahí estaba el “Muchacho dorado” derretido. Desnudo y enclenque, mostrando la triste imagen de un titán que llora. No supo sacarle provecho a la madurez. “Ahora estoy librando el más duro combate de mi vida”, dijo, y no exageraba un milímetro.

dplay@ibw.com.ni