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Para Rafael Nadal, fue un partido de “mil y una muertes” como diría Sergio Ramírez, pero antes de expirar, sintiéndose en el desfiladero como Leónidas en Las Termópilas después de abrir perdiendo 2-6 y 4-6, ofreció en un tercer set tan prolongado como las guerras del Peloponeso, un resurgimiento dramático, espectacular e inolvidable, atravesando por una balacera escalofriante.

Como impresionó verlo imponerse 7-6 durante un tie breaker autoritario y enloquecedor. Solo fue una señal heroica de la grandeza del español, reducida por ese Djokovic tan próximo a la perfección, que remató a lo Johnny Ringo en el cuarto set 6-1, asegurando su tercera corona en torneos Grand Slam en este 2011.

Solo vencido en la cancha por Federer en París, Djokovic mostró su vasto y destructivo repertorio, antes de aterrizar en un infernal cambio de metralla que movilizó a todas las patrullas de Nueva York, sin poder sobrevivir en ese tercer set, por culpa de un Nadal insistente, resistente y más preciso en medio de la tormenta.

La pelota humeante en el fondo de cada sector de la cancha, mordiendo las rayas finales, golpes de revés devueltos con otros enfurecidos y cruces de derecha trazando diagonales habitualmente mortíferas, obligando a desplazamientos provoca asombro para llegar y cortar con seguridad, multiplicando respuestas complicadas, manteniendo al público en pie, masticando uñas, sudando helado.

No, no era posible que en semejante despliegue de violencia y certeza, los protagonistas escaparan al desgaste, y aunque resoplaban como locomotoras y reclamaban oxígeno, sus piernas respondían frente a cada reclamo. El ritmo frenético parecía no tener fin registrándose quiebres alternos, hasta que Nadal en la extensión del tie-breaker, atrapó el set 7-6 y alargó el partido.

Una vez retornada la calma, Djokovic volvió a funcionar en forma implacable y terminó con el suspenso 6-1, continuando un año fantasioso.