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Joe Calzaghe es un buen peleador, intenso, a ratos eléctrico, con asimilación y determinación, capaz de superar retos exigentes, pero no impacta. Superó claramente a Bernard Hopkins, un veterano atrapado por el agotamiento, reaccionando a esa madrugadora caída en el primer round, cuando fue golpeado entre las cejas por una derecha no devastadora pero sí precisa.

El británico, que retuvo su invicto, gusta por su actividad ininterrumpida, atrevimiento para tomar la iniciativa y sostenerla, confianza en su capacidad para recibir y firmeza para tomar riesgos, pero se mantiene distanciado de la espectacularidad, un requisito para graduarse en las grandes plazas del boxeo.

A diferencia de otro inglés, Lennox Lewis tiene el corazón lo suficientemente grande, pero no ese impulso revestido de ferocidad y esa temeridad sin límites que caracteriza a Ricky Hatton.

Eso sí, siempre gana, lo cual tiene significado aunque no logre impresionar estruendosamente como lo hacían Durán, Chávez, Alexis, Olivares y tantos otros con sangre latina cobijados con lava de volcanes.

El Hopkins que vimos, con 43 años, que son muchos transitando en un territorio tan escabroso como el boxeo, es apenas una pálida sombra de aquel púgil destructivo acostumbrado a ejecutar sentencias de muerte entre las cuerdas. Hopkins fue prudente después de tumbar a Calzaghe, consciente que en estos momentos, no podía forzar al máximo su maquinaria muscular tan temprano.

Calzaghe consiguió el oxígeno que necesitaba para recuperarse, y después del tercer asalto, se estableció en la distancia adecuada para imponer su estilo y ritmo, a ratos frenético. De esa forma fue construyendo una victoria inobjetable, prácticamente firmando el epitafio de Hopkins, quien podría sobrevivir como oferta aprovechando la alarmante escasez de figuras.

Así que, por ahora, Calzaghe, sin ser impresionante, es uno de los hombres del momento en el carcomido boxeo mundial.