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La victoria del Manchester 1-0 con el zapatazo sinuoso, escalofriante y certero de Paul Scholes desde fuera del área fue para el Barcelona la tragedia de un instante. Ahí estaba Gianluca Zambrotta, entregando un pase para que apuñalaran a su propio equipo en el minuto 14. De pronto, una pesadilla en el llamado Teatro de los Sueños para el equipo español, que ayer perdió su última posibilidad de resurgimiento y deja su futuro convertido en un rompecabezas enloquecedor.

Sin hacer sonar los clarines desplegando un fútbol impetuoso, sin esos fuegos artificiales provocados por desbordes, contragolpes y combinaciones, sin impresionar, el Manchester sacó el máximo provecho del gol logrado por el derechazo de Scholes para tomar ventaja muy temprano y sostenerla contra viento y marea, sudando, sufriendo, masticando carbones encendidos, hasta garantizar su boleto para la final de la Champions en Moscú, el 21 de mayo.

No estuvo Wayne Rooney en la trinchera y Cristiano Ronaldo no pudo alcanzar la incidencia deseada, pero la movilidad de un Tévez incansable, la resistencia ofrecida por una defensa guiada por Ferdinand y un mejor accionar en el medio que en el primer duelo, le permitieron al Manchester sobrevivir a la presión y saber manejarse sin el balón, mientras el Barcelona veía frustrarse todos sus intentos como si las variantes que proponía carecieran totalmente del factor sorpresa.

La dureza mental de Zambrotta y su carácter fueron colocados sobre el tapete después de la falla finalmente mortal, realizando un gran trabajo, recortándole drásticamente la capacidad de maniobra y penetración de Cristiano Ronaldo, impidiéndole esas escapadas vertiginosas, peligrosas cuando las ejecuta un hombre que es capaz de correr a 33 kilómetros por hora con la pelota.

Una de las pocas veces que Ronaldo consiguió espacio por la izquierda fue en ese minuto 14, antes de ser frenado. La pelota fue recuperada por Zambrotta, que se agregaba a la acción y su intento de despeje se convirtió en pase hacia el centro, perfecto para Paul Scholes, que destapado soltó ese derechazo que se movió como un slider venenoso en busca del ángulo superior derecho de la cabaña azul-grana, clavándose como un arpón en el cuerpo de un tiburón.

El Barcelona nunca tiró la toalla. A los 19, Messi se filtra y dispara, pero Van Der Sar congela; a los 33, Deco aprieta el gatillo, Old Trafford se estremece y la pelota sale por pulgadas; regresa Deco a los 35, pero las luces vuelven a apagarse; a los 37 en una jugada tejida, Van Der Sar pierde el balón y con 75 mil corazones por estallar, la defensa resuelve con desesperación.

El Manchester llegó con Cristiano Ronaldo, Nani, Park y Tévez, pero el Barcelona insistía, y continuó así en el segundo tiempo, con Henry y Bojan entrando para tratar de aprovechar el accionar de un Messi hábil, pero lento y muy horizontal, no en plenitud. ¿Y Eto’o? No fue el que se necesitaba en una batalla como ésta. Se vio muy poco y se fue sigilosamente en el minuto 71.

Cuando a los 88, con el suspenso balanceándose ruidosamente, Bojan recibe un balón en el área con posibilidades de apaciguarlo y disparar, se arrugaron los corazones de la multitud. El chavalo no pudo resolver y se escuchó el doblar de las campanas por el Barcelona.

El Manchester, que está en su tercera final de la Champions, conocerá hoy a su rival, que saldrá del duelo entre el Chelsea y Liverpool en Stamford Bridge, donde el Chelsea lleva ventaja luego del empate a un gol en el estadio Anfield.