Edgard Tijerino
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Ahí fue donde se acabó el mundo, le dice su madre a García Márquez en Vivir para Contarla, mientras él seguía la dirección del índice que se fijaba en la estación, un edificio en ruinas de maderas descascaradas, como si nunca hubiera tenido vida.

Seguramente eso fue lo que pensó Rafa Benítez, el técnico del Liverpool, cuando el atacante del Chelsea, Didier Drogba marcó su segundo gol con una entrada fulminante a los 105 minutos, estableciendo una diferencia por 3-1, tan pesada como una lápida. En ese instante, el mundo de la Champions se acababa para la marea roja, pese a que todavía tuvo aliento para enviar otra señal de vida, el gol de Babel, sellando el 3-2.

Ganó el Chelsea y está bien, porque fue el equipo más fiero. Después de un vibrante empate 1-1 durante los 90 minutos regulares, consecuencia de goles de Drogba y Fernando Torres, el partido se alargó por 30 minutos, sólo para que la voracidad de los “blue” lo clarificaran todo.

¡Cómo se vio de agresivo el Chelsea durante la extensión, obviando la anulación del gol marcado por Essien con tres compañeros en posiciones prohibidas! ¡Y qué decir del corazón inflamado que garantiza el excedente de agallas del Liverpool, puesto sobre el tapete una vez más!
Un juego a la inglesa, con gran profundidad, rápida circulación del balón, constantes desmarques, muchas fricciones, multiplicación de centros y llegadas. Mejor el Chelsea de Avan Grant obligando a la defensa roja y al arquero Reina a trabajar horas extras.

La acción del primer gol del Chelsea, a los 33 minutos, fue precisa en el trazado y rápida en la realización por parte de Salomón Kalou, penetrando por la izquierda, serpenteando hábilmente para conseguir posición de tiro y activando su pierna derecha. Voló Reina a su izquierda y desvió el balón con sello de gol, pero su despeje hacia un lado resultó apropiado a la entrada oportuna de un Drogba hambriento, que con un derechazo sacatuercas metió la pelota junto al primer poste.

Antes del brillante gol de Torres a los 64, que empató el juego, el laborioso y siempre corajudo Liverpool dispuso de tres oportunidades que hicieron moverse como sobre un pantano las tribunas repentinamente asustadas de Stanford Bridge: a los nueve minutos Torres estuvo en un cara a cara con Petr Cech, atajando el arquero; en el 23, Yossi Benayoun, con un remate de volea, retorció cuellos, pero el balón se desvió; iniciando el segundo tiempo, a los 48, Kuyt en el área pequeña cacheteó una pelota que Cech rechazó milagrosamente.

En los minutos de alargue, el penal a Michael Ballack, ejecutado magistralmente por Lampard, y el gol de Drogba, rompecorazones, inutilizaron el disparo de Ryan Babel que no pudo desviar adecuadamente Petr Cech.

Para el Liverpool se acabó el mundo de la Champions, en cambio el Chelsea, se prepara para rifarse en Moscú con el Manchester, una vez que hayan resuelto su pugilato en la Liga Premier.