Edgard Tijerino
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Siempre nos damos cuenta cuando un boxeador pierde brillo, se vuelve opaco y se convierte en una sombra de lo que fue. Lo vimos con Joe Louis, con Muhammad Alí, con Roberto Durán, con Ray “Sugar” Leonard, con Julio César Chávez y, por supuesto, lo estamos viendo con Oscar de la Hoya.

Pero él cree que puede engañarnos. Su pelea contra Steve Forbes fue un mal show, como escuchar a Pavarotti con su garganta rajada, ver a Beyoncé arrugándose o descubrir que Chayanne no baila, cojea.

Cada round que Oscar ganaba, en lugar de impresionarnos, nos convencía que de lo que queda de aquel gran peleador pensante, dueño de grandes pistolas, exuberante agresividad y capaz de levantarnos de las butacas impulsados por los resortes de la emoción, es muy poco.

Round tras round, De la Hoya se parecía al patriarca envejecido que nos grafica García Márquez en uno de sus mejores trabajos. ¿Cómo esconder la decrepitud de un boxeador cuando está expuesto a millones de miradas? Ese De la Hoya huérfano de vigor, carente de motivación, con sólo algunos destellos de su destreza, es ahora un peleador sin futuro.

Carlos Monzón estaba en mejor forma cuando decidió retirarse. Un indio de Santa Fe que tuvo dificultades para ir a la escuela y no pasó de tercer grado, fue lo suficientemente sensato, sin contar con tanto dinero ni tener proyecciones fuera del ring, como es el caso de De la Hoya. Exactamente a la edad de Oscar, 35 años, y no oscurecido sino después de dos resonantes victorias sobre Rodrigo Valdés, el gran gaucho dijo “no más, está bueno ya”.

Hace unos años, este Forbes no pasaba del tercer asalto frente a un peleador de destructiva furia y alta frecuencia para golpear como lo era De la Hoya. El sábado, en una pelea tan desteñida que pareció el arco iris en blanco y negro, ese caricaturesco Forbes sobrevivió durante 12 asaltos.

En principio, pensé que De la Hoya estaba actuando graduando sus energías, pero cuando vi que no podía sostener el pie sobre el acelerador me convencí de que sentía que brazos y piernas le pesaban una tonelada en los últimos asaltos, que fueron los más decepcionantes.

¿Por qué forzar otro martirio frente a Floyd Mayweather o pretender meterse a las brasas con Miguel Cotto? Peleador aburguesado por haber alcanzado la opulencia económica y lograr establecerse en un nivel de estrellato, De la Hoya no tiene la motivación que en aquellos tiempos empujaba a Robinson, Basilio, Fullmer, Gavilán y LaMotta, en busca de la grandeza, con una intensidad emocional, como la de Alejandro el de Macedonia.

No podemos decir “Pobre Oscar”, si lo que busca es más dinero del que puede gastar sin restricciones, así le vuelva a salir el diablo en la vuelta de la esquina vestido como Floyd Maywaether. Lo que puede descartar, es que nos engaña sobre sus posibilidades.