Edgard Tijerino
  •  |
  •  |
  • END

Primero el impacto del “cadáver”, y después, lo “tenebroso” del funeral. No hubo clásico ayer en el agitado y ruidoso Bernabéu. Y no lo hubo porque un Barcelona aturdido, con su motivación hecha jirones, desalojado del presente y sin futuro, fue literalmente destrozado.

El 4-1 en la pizarra favorable al Real Madrid no lo dice todo. La diferencia entre un equipo que festejaba y otro que lamentaba, fue tan ancha como un océano. Nada que ver con el partido vibrante de la primera vuelta que resolvió el Madrid 1-0 con aquel taponazo del brasileño Julio Baptista.

¿Qué estaba en juego? El orgullo, se decía antes que sonara el silbato. Pero, ¿se puede tener algo de orgullo cuando tu alma anda deambulando sin rumbo? Imposible, y el Madrid amarró al Barcelona a la silla del caballo y lo mostró a la multitud que rugía.

A los 12 minutos, gol de Raúl, con la zurda, aprovechando un rechazo. El jugador símbolo de la realeza, colocaba adelante al anticipado Campeón de Liga 1-0. A los 21 minutos, Gutti, manejando un balón quieto como las pretensiones del Barcelona, envió un centro tan hermoso como la figura de Mónica Bellucci, con la precisión requerida para el mortífero cabezazo hacia abajo de Arjen Robben, estableciendo transitoriamente un 2-0.

Rijkaard, con sus maletas listas mientras le preparan el escenario a Pepe Guardiola, que será el nuevo “caudillo” azulgrana, no encontró forma de reinventar a su equipo para el segundo tiempo. Ni siquiera el genial Lionel Messi pudo escapar al bajón de voltaje, tampoco Bojan pese al ímpetu desbordante que le garantiza su juventud, y Henry, interesado en hacer gala de su grandeza, aún entre los escombros.

En cambio, en la otra acera, todo era brillante como una exposición de joyas en Tiffany. Ahí estaban Diarrá, Gago, Gutti, Raúl, Robben y Schneider funcionando como maquinaria de reloj suizo, y por supuesto Casillas cuando fue exigido, como en aquel gran disparo de Messi.

El Real continuó con su show. A los 63, Gonzalo Higuaín, con una entrada fulminante, convirtió en gol el centro de Diarrá, y 15 minutos después, un bloqueo forzado de Puyols con sus dos manos, sobre remate de Robinho, provocó el penal cobrado por Van Nistelrooy con esa frialdad de francotirador que siempre lo ha caracterizado, para fijar el 4-0.

Todo parecía estar consumado con todo el Bernabéu de pie, pero el Barcelona utilizó su último aliento para evitar irse con las manos vacías. Una maniobra de Messi facilitó el pase a Henry que el francés materializó perforando a Casillas en el minuto 87. Un buen gol pero sin trascendencia, porque en ese momento el equipo catalán era un “muerto” gimiendo.

¿Quién nos iba a decir que el fútbol español tendría este final tan desequilibrado?