Edgard Tijerino
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Horacio Ruiz y Danilo Aguirre me llevaron a conocer el hielo, no en Macondo, sino en el mundo del periodismo criollo en aquel 1970. ¡Qué suerte tuve de haber podido coincidir con ellos, observarlos, admirarlos, y sobre todo, ver cómo trazaban huellas profundas y superaban retos!
Estaba ayer en cabina realizando un Doble Play más con René Pineda en La Primerísima, cuando fui informado del fallecimiento de Horacio Ruiz. Como suele suceder cuando se nos va una persona apreciada, talentosa, que ha construido suficiente historia y a quien le debemos mucho de nuestra formación, sentí un puñetazo entre mis cejas y fruncí el ceño.

Tengo en mi baúl de tesoros periodísticos, muy poblado por cierto, cuatro trabajos que guardo con doble llave: ese de Horacio sobre el terremoto de Managua con el antetítulo “En 10 segundos sólo Hiroshima y Managua”, y el título grueso “Ensayo del juicio final”; el reportaje que John Lee Anderson le hizo a Gabriel García Márquez y fue publicado en la revista colombiana Semana; el libro de Truman Capote “A sangre fría”, calificado como un modelo para generaciones; y “El gruñido de un bárbaro”, libro con una serie de notas magistrales escritas por Manolo Cuadra, un regalo hecho por El Semanario de Sergio Ramírez, en un aniversario.

Sobre la muerte de Horacio, “No hubo un ángel que nos avisara”, como reclamó en el inicio de aquella grandiosa crónica que intenté meter inútilmente en el disco duro de mi memoria. A sus 79 años, Horacio debe haberse sentido plenamente satisfecho de lo que hizo y lo que significó.

Era un hombre bajo, de mirada inquieta y mente clara, siempre evolucionando, lo suficientemente hábil para ocultar esa dinámica inagotable que lo mantenía agitado por dentro y aparentar estar distante de su punto de ebullición. Un periodista nato, un escritor excepcional.

Atravesó por una infancia dura, conoció de la pobreza y sus latigazos, aceleró el proceso para graduarse como hombre y luego proyectarse con fuerza insospechada desde el empirismo, cabalgando sobre la vocación que lo acompañó durante días y noches tan largas como la eternidad, hasta alcanzar la cima del periodismo, cobijado por una inspiración divina y seductora.

No se contentó con ser bueno. Fue como un desesperado detrás de la excelencia, leyó, leyó y leyó, para cultivarse y crecer, aprendió inglés sin maestro, fue un todoterreno que elaboró estupendos trabajos, incluso en la crónica deportiva.

Recuerdo cuando me dijo: “Si estás dejando de estudiar ingeniería para venir en busca de algo fácil, estás equivocado. Hay que tener mucho ingenio para ser periodista, y es trabajo duro”. Fue entonces cuando me entregó aquella vieja máquina Underwood dándome una palmada en el hombro.

Qué grande veía yo a ese hombre pequeño, y qué grande lo seguí viendo. Hoy, que la muerte se lo lleva, nos quedan sus huellas imperecederas como las de Acahualinca, y sus retos, tan exigentes como los de Ulises.

No es fácil ser como él, pero debemos tratar de serlo, aunque no logremos acercarnos mucho. Un abrazo Horacio, y gracias desde el fondo de mi alma.


dplay@ibw.com.ni