Jorge Eduardo Arellano
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Especial para END

El presente artículo es parte del trabajo monográfico del libro. “A cien años de fundación del Bóer (1905-2005)…”. Según el cronista deportivo Leonardo Lacayo (Don), José A. Meléndez debutó en el field de El Retiro, con los legendarios Indios del Bóer en 1931.


Su descubrimiento
Los sabuesos Indios habían recorrido infructuosamente los pueblos vecinos, en busca del deseado lanzador que pudiera colmar las aspiraciones de los fanáticos de abajo. Pero un día de tantos en que había práctica vespertina del Bóer, se apareció un simpatizante llamado Juan Doña, cuñado del popular coronel Héctor Darío Zúniga, quien al ver la deficiencia de serpentineros que tenía el equipo, sugirió a su presidente bachiller, Alejandro Zúniga Castillo, la conveniencia de adquirir los servicios de un “Sierreñito” que él tenía, y que estaba haciendo estragos entre los equipos menores vecinos al valle de Las Jagüita.

Zúniga Castillo, que no desmayaba buscando un lanzador adecuado para su equipo, consultó el caso con los dirigentes del Bóer y algunos no le dieron importancia al asunto. Algunos aseguraban que ese “Sierreñito” había lanzado el domingo anterior contra un club menor de la capital, y había recibido una tremenda paliza de 8 a 1. Sin embargo, el presidente del Bóer, en compañía de los señores: doctor Concepción Alvarado, David Castrillo y Ricardo Pérez, tomaron un automóvil en busca del “Vellocino de oro”. A su llegada al valle de Las Jagüitas, esperaban encontrar en “El Chino”, que era como le decían al “Sierreñito”, una persona que tuviera señales de ser jugador de pelota; pero cual fue el susto de los excursionistas al tener de frente un muchacho humilde de pantalón azul, con un machete en la mano, y que tenía la fama de sacarse el doble de las tareas que cualquier machetero de aquella jurisdicción.


Fabricando expectación
Meléndez fue presentado a sus buscadores, y después de larga discusión en que intervino su “Media Naranja”, se convino que vendría a Managua para ser probado. La barra boerista se informa que su club favorito había hecho la adquisición de un notable pitcher; se dio cita en el campo del Bóer para verlo debutar en las prácticas.

Casi todos los “fans” lanzaron una carcajada al ver la facha del que quería ser nada menos que lanzador del glorioso campeón. Se inició la práctica, y desfilaron todos los bateadores Indios frente al “Chino” sin haber hecho la menor mella, quedando alguno de ellos con la carabina al hombro. Se notaba que tenía una curva estupenda y una rapidez nunca vista, aunque desde luego tenía un control detestable.

El primero en reconocer los meritos de Meléndez fue Paco Soriano, quien dando un salto se fue al centro del cuadro a abrazarlo, pronosticando que sería el pitcher “estrella” de Nicaragua. Su ojo clínico descubrió al lanzador cumbre, y después de ese momento, los fanáticos fueron arrastrados por el optimismo de Soriano.


Su gran debut
El Bóer sintiéndose completo concertó el primer juego con el temible Granada, que batallaba por aventajar al Managua por el título de 1931. Se inició el partido y los “garroteros” sultanecos se mofaban públicamente del “Sierreñito”, cuando lo vieron aparecer humildemente en el box acompañado de su eterna sonrisa. El público también gritaba pidiendo que no dejaran que el Granada “asesinara” al “Chino”, a quien le daban solamente un inning de vida.

Sin embargo, Soriano no se inmutó, y le ordenó que lanzara a pesar de todas las protestas y rechiflas. Basta decir que al final del juego el score marcó 9 carreras para el Bóer y cero para Granada. Éste fue el brillante debut del “Chino”, que lo consagró ya como un lanzador de cartel.


Explosión de júbilo
Ni para qué describir la ovación que recibió el “Sierreñito” después se ese gran triunfo: abrazos, regalos y felicitaciones entusiastas por agasajarlo; pero él declinó, manifestando que además de no tomar licor, ni fumar, tenía que volver a Las Jagüitas, a visitar su mujercita y saborear con ella los efectos de su primera victoria en la capital.

Siguió “El Chino” lanzando y triunfando; y después de las prácticas acostumbraba irse a pie a Las Jagüitas, volviendo al día siguiente por el mismo medio de transporte. Esto no podría continuar así, y los simpatizantes le obsequiaron un caballo con el que continuó haciendo sus viajes a la capital; y desde entonces José Ángel Meléndez, a quien llamaban “El Chino” por ser nieto de un hijo del celeste imperio llamado Juan Chino, que fue cocinero del Hotel Lupone, ha seguido galopando triunfantemente en (El Caballo de la Victoria), y sus curvas han continuado siendo la “Piedra Filosofal” para los vecinos del Cocibolca.

A cien años... ¡Viva el Bóooer!