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Los Celtics tendrán que erigirle un monumento a Paul Pierce. El alero de los verdes dio réplica a LeBron James en el sensacional pulso directo que presidió el partido decisivo de la Serie. El mano a mano fue antológico, con ambos emparejados casi todo el tiempo, y librándose a un toma y daca por momentos mágico. Cada vez que uno sacaba a relucir su asombrosa calidad para desarbolar a la defensa contraria e inventarse canastas admirables, el otro le respondía igual o mejor. Sus cifras alcanzaron niveles mareantes: 41 puntos Pierce y 45 James.

Los Celtics dominaron los dos primeros cuartos con autoridad (50-40), pero, al final, la persistencia de los Cavaliers y la mejora de algunos jugadores que habían estado fuera de foco, como West e Ilgauskas, igualó el partido y lo llevó a un final agónico. Los Celtics llegaron muy apurados a los instantes decisivos (89-88 a falta de dos minutos), pero algunos personajes secundarios, especialmente Brown, acompañaron a Pierce y evitaron la catástrofe de un equipo del que tanto se espera esta temporada, en la que fue el mejor en la fase inicial tras juntar al big three formado por Garnett, Pierce y Allen, éste desfigurado en esta Serie. Los Celtics, con una recuperación de balón y dos tiros libres postreros de Pierce, se salieron con la suya y se clasificaron para la final de la Conferencia Este por primera vez desde 2002. En ella les esperan los Pistons de Detroit, que hace ya días, en el quinto partido, se deshicieron de los Magic de Orlando.

Los Cavaliers vendieron cara su piel. En ciertos momentos pagaron su propensión a dejarlo todo en manos de James. No es una mala elección, por supuesto, si el equipo le acompaña como debe y si el rey está inspirado, como fue el caso. Pero un jugador al que se encomienda tanta responsabilidad, lo mismo que pone quita. Pese a su juego arrollador, James falló dos tiros decisivos en el último minuto y medio, además de uno libre.

El partido resultó durísimo. No hubo falta en que el jugador que la recibía no se comiera las primeras filas del público situado bajo las canastas. Los Celtics convierten su cancha en un búnker. Los Cavaliers volvieron a sufrir un fenomenal colapso en el primer cuarto. James no podía con la defensa de Pierce. El rey se quedó demasiado solo. Los Cavaliers no lograron conectar en todo el primer tiempo ni con Ilgauskas, inédito dentro e incapaz de explotar sus lanzamientos desde media distancia; ni con Szczerbiak. Se quedaron a cero. Si a eso se añade la asumida esterilidad ofensiva de Wallace y lo mucho que le costó hilar el juego a West, se entiende que los Celtics pudieran centrarse en la labor de acoso y derribo a James.

Se alzó sobre el partido la figura de Pierce. A su tenacidad en su acostumbrado emparejamiento con James, añadió una capacidad resolutiva abrumadora. La necesitaron los Celtics, en los que Garnett estuvo por debajo de anteriores partidos en la faceta ofensiva. No importó. La inspiración de Pierce y el trabajo defensivo premiaron a los Celtics.