Edgard Tijerino
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Hoy hace un año murió mi padre Gustavo, después de haber vivido 102 años; algo tan intenso como correr maratones y escalar montañas. Su interés por vivir persistía, como si estuviera pendiente de algo trascendental que podría ocurrir y no quería perdérselo.

Un combatiente de la pobreza; había atravesado los terremotos de 1931 y 1972, sobreviviendo entre dificultades; estuvo vinculado con Emiliano Chamorro y Fernando Agüero mientras se establecía como dirigente del obrerismo conservador; tuvo tiempo, aliento y talento para escribir seis libros, pese a que nunca se sentó en el pupitre de una escuela; fue un anti-somocista de tiempo completo, como tantos y tantos; vio construirse el Estadio Nacional, la Catedral y el Teatro; viajó en el tren que hicieron desaparecer; y durante sus últimos 40 años vivió tranquilamente como un analista casero.

“¡Diablos, qué feo se ve esto!”, decía mientras veía pasar gobiernos de diferentes colores, alguien que supo construirse solo, programando su propio desarrollo desde la nada, intransigente con la preservación de la honestidad como un divino tesoro.

El más vívido recuerdo que tengo de mi padre, es el de su perseverancia por enderezarme. No sé qué pensó cuando me vio nacer en 1944. Imposible sospechar que ese chavalo se convertiría en un problema difícil de controlar, casi enloquecedor.

“¡Ah, los hijos!, vienen al mundo para fabricarnos problemas”, le dice Paul Newman a Tom Hank en un pasaje de la película “Camino a la perdición”. En el caso de mi padre, eso fue cierto en lo referente a mi comportamiento.

Había hecho esfuerzos junto con mi madre por mantenerme estudiando, pero yo perdí tres años; quiso convertirme en alguien útil y el tiempo comenzó a pasar con él atormentado frente a la ventana; se habituó a castigarme día a día, porque no le quedaba otra alternativa, y llegó a considerarse fracasado en el esfuerzo.

¿En qué momento escuché sonar el despertador? ¿Qué fue lo que me llegó a impactar tanto como para reflexionar y madurar precipitadamente, tratando de salir huyendo de ese infierno en que me encontraba metido?
Inolvidable aquel gesto de impotencia y decepción cuando cometí un robo en la Farmacia del Dr. Ricardo Morales, confirmando ser un prospecto de reformatorio, o de la cárcel. Me quedó viendo de tal manera, que sentí estar convirtiéndome en un insecto, atravesando por una rápida metamorfosis. Lo vi tan frustrado, tan avergonzado, que sin ir a golpear la pared con mi cabeza, reflexioné y dije: “no más, no puedo seguir así”. Tenía 16 años, y comencé a ser otro. Fue su terquedad, la que finalmente, me sacó del hoyo.

Cuando se fue para nunca más volver, me quedó la imagen de su rigidez, tan inalterable como sus exigencias, y el recuerdo de aquella vergüenza que tanta falta hace en estos tiempos apocalípticos. ¡Cómo luchó junto a mi madre por enderezarme! Murió creyendo que se había apuntado juego salvado, y dejándome un reto: no volver a las tinieblas.