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Neuchâtel.- Cristiano Ronaldo, 23 años y 42 goles esta temporada, es el protagonista de esta Euro antes de empezar. La concentración portuguesa en Neuchâtel se ha convertido en una subasta en la que el seleccionador, Luiz Felipe Scolari, recomendó al delantero del Manchester que no dejara escapar el tren madridista. “Pasa una vez en la vida”, le dijo. Será porque él también está a la espera de destino. Ronaldo decidió que si ganaba la Liga y la Champions este curso con el Manchester, sería el momento de cambiar de aires. Deuda saldada, pensó, con el club que pagó 17 millones por él al Sporting de Lisboa cuando tenía 18 años.

Alex Ferguson opina lo contrario. Si es preciso se plantará en Neuchâtel para disuadir al jugador. Ya lo hizo hace dos años tras el Mundial: viajó al Algarve, donde veraneaba Cristiano, que ya había comunicado en su web que quería fichar por el Madrid. Ferguson lo evitó.

“He ido a dar un paseo con mi nieto y he contado 168 banderas portuguesas. Españolas, sólo cuatro”. Así, José Carrasco, un albañil retirado de origen malagueño, explicaba cómo Neuchâtel, donde ha vivido 40 años, ha sido tomada por los emigrantes portugueses. Unos 10,000 habitan esta localidad francófona entre el lago más grande de Suiza y las montañas de Chamount. “Los emigrantes españoles e italianos regresaron; los portugueses, que llegaron en los 80, se quedaron”, añade.

Hasta en el balcón del Ayuntamiento ondeaba ayer una bandera lusa. Y la población ha acogido con tanto entusiasmo la presencia de la selección, que cada entrenamiento es una fiesta. En el de mañana domingo, la federación portuguesa puso un precio para entrar al campo: diez francos suizos (6.2 euros), pero en el mercado negro llegaron a los 40 (24.7). El nuevo estadio de La Maladière, de 12,000 localidades, estaba lleno. Como lo estará mañana domingo, en otra sesión abierta. Los jugadores de Scolari, mientras, descansan en un lujoso hotel, a pocos metros del lago, con una vista espectacular y sin contacto con la población.

Cristiano es el más buscado. Su nombre resuena por todos los rincones, a la espera de que dé el mensaje definitivo. El fin a su etapa en Old Trafford, donde lo ha conseguido todo, incluso ganar la Bota de Oro. Necesita nuevos retos. Como cuando se empeñó en demostrarle a aquella maestra de Funchal que estaba equivocada. Cristiano llegaba tarde a clase y la maestra le echaba la bronca: “Deja ya de jugar con la pelota, que no te va a llevar a ningún sitio”. Le ha llevado a comprarse una mansión a las afueras de Manchester valorada en seis millones de euros: piscina, gimnasio, cine y billar. El chico gana 8.5 millones por temporada.

Ya de niño, como se veía canijo, entraba por la noche de matute en el gimnasio del Sporting. Hasta que lo pillaron los técnicos y pusieron un candado, cuenta la periodista Manuela Brandao en una biografía sobre el jugador (Momentos). En ese periodo, Ronaldo era un as del ping-pong y le propusieron dedicarse profesionalmente a ese deporte. Aún se le humedecen los ojos cuando recuerda cómo perdió la final ante Grecia de la pasada Eurocopa en su país. Vio apagarse de golpe la euforia que invadió Portugal ese junio. Sobre todo porque cayó “ante un rival inferior”. Hace cuatro años, Ronaldo era un crío excesivo y artificial. Ahora es un futbolista maduro que se ha propuesto dos desafíos: ganar la Eurocopa y abrir las puertas del Bernabéu.