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Aunque mereció más, Suiza debutó en su torneo con una derrota por la mínima ante una República Checa que destiló oficio, pero a la que le faltó la calidad del ausente Rosicky.

Lo que se vio fue fútbol moderno. Dos selecciones que apenas cometieron errores ni forzaron los del contrario, arropadas alrededor de mediocentros y cuatro defensores imponentes, que sólo jugaban a un único engaño: cedían el balón para hacer ver como que estaban siendo dominados para salir a la mínima al contraataque. Les debe sonar: así es el 90% del fútbol de hoy.

Desde la grada se veía cómo era casi imposible superar la barrera de nueve jugadores de ambos equipos: por orden y por presencia física.

La media de altura de los suizos es un impresionante 1.84, justo como los checos. Lo más sorprendente de la primera mitad, ante tanto gladiador, era verlos caídos.

Ocurrió muy pocas veces, pero hay algo de dramático en la imagen de un atleta de espalda ancha retorciéndose en el suelo como cuando Frei, mejor futbolista suizo y su esperanza goleadora, se lastimó la rodilla tras una entrada de Grygera. Lloró porque se vio fuera del torneo.

Por suerte para Suiza, Jakob Kuhn decidió reemplazar a su capitán con Hakan Yakin. Revolucionó el encuentro, revitalizó a Barnetta y a Inler desde el medio campo. Llegaron del lado suizo pero, a falta de una mejor definición, República Checa fue creciendo hasta que aprovechó el único error defensivo de la zaga local.

Un contraataque de los de Kuhn, interrumpido de cabeza por Grygera, que acabó dentro del área y a los pies de Sverkos, el delantero del Banik Ostrava y máximo goleador de la Liga checa: no falló en la única ocasión checa de la segunda parte.

Herida en el orgullo, Suiza siguió presionando, y antes del final Barnetta puso a prueba a un excelente Cech. Su rechazo fue enviado al larguero por Vonlanthen y seguidamente República Checa cerró la tienda hasta el final.