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En el techo de nuestro discreto Salón de la Fama, Róger Pérez de la Rocha podría volver a darle vida a ese deslumbrante jab de izquierda que Eduardo “Ratón” Mojica nos ofreció la noche del 8 de junio de 1968, hace 40 años, para derrotar por puntos al formidable tailandés Chartchai Chionoi, Campeón Mundial de Peso Mosca.

¿Se imaginan levantar la mirada en el Salón y encontrarse con la zurda del “Ratón”, frenando a Chionoi, abriendo su guardia, penetrando con la rapidez y precisión de cualquiera de los Mosqueteros de Dumas manejando sus espadas?
No se necesitaría pagar recibos de luz; ese jab es suficiente para iluminar todo el Salón y mostrarnos la grandeza de quien fue calificado en cierto momento, como un Campeón Mundial sin corona. Alguien que se dio el lujo de vencer a casi todo el ranking mundial, incluyendo al Campeón, en una noche que no olvidaremos jamás.

Ha sido esa, hasta hoy, la mejor pelea vista en el terruño. Una auténtica obra de arte, la “Mona Lisa” de Mojica.

¿Qué era yo aquel 8 de junio de 1968, tres días después del atentado mortal contra Robert Kennedy en Los Ángeles, impactado todavía por el asesinato de Martin Luther King en Memphis, dos meses atrás? Bueno, esa noche, caminando hacia el Estadio Nacional desde mi casa en un vecindario próximo al Ramírez Goyena, yo era solamente un fanático del boxeo con 25 córdobas en la bolsa, listo para invertirlos en una posible cabalgata de emociones.

Esa noche, en el Coloso de Concreto construido en 1948, el gran ídolo de nuestro pugilismo, más allá de lo discutible de su conducta fuera del ring, Eduardo “Ratón” Mojica, enfrentaría al tailandés Chartchai Chionoi, el Campeón Mundial de las 112 libras CMB, quien venía de derrotar en uno de esos épicos combates que permanecen por siempre en el recuerdo, al mejicano Efrén “Alacrán” Torres.

¡Que año señores!
Un año convulsionado, eso fue 1968. Vietnam, la Primavera de Praga, las batallas campales en las calles de México y París, el Apollo regresando de la Luna, los asesinatos políticos, y aquí, la lucha contra el Somozato adquiriendo cada vez más fuerza. Yo tenía 24 años, estudiaba ingeniería, era miembro de la Selección Nacional de Ping Pong y jugaba para la UCA en el Nacional de Fútbol que ganamos invictos.

El padre Arrien me facilitaba las revistas y periódicos españoles de deportes, discutía diariamente con el húngaro Hidvegi sobre atletismo para ejercitar y mejorar mis conocimientos, no me había casado ni se me había ocurrido que podía trabajar como periodista deportivo. Trabajaba en la oficina de Estudios y Proyectos del ingeniero Agustín Chang, un hermano de Otto de la Rocha, y mis compañeros eran Nicho Marenco, rojo y negro, un lector de Condorito; Roberto Urroz, quien fue Director del IND; y Daniel Aráuz. Fueron mis tiempos de dibujante lineal y topógrafo, pero siempre con mi tendencia hacia la vagancia.

“El Ratón” era una garantía. Lo había visto contra rankeados mejicanos, brasileños, venezolanos, dominicanos, habitualmente triunfante, ofreciendo vibrantes demostraciones, abriéndose paso en busca de una oportunidad titular. Una y otra vez pensé: “no hay alguien que pueda ganarle.

Es demasiado consistente recibiendo y su ataque, construido alrededor de ese hábil manejo de su jab de izquierda, veloz, certero, cortante, estremecedor, es muy efectivo”.

Un rival temible
Pero Chionoi no podía ser subestimado. El tailandés que destronó al escocés Walter McGowan había obligado a Nat Fleischer, el Director de The Ring, una autoridad con su opinión en el mundo de las bofetadas, a moverse hasta aquí. “Vengo a ver qué tan bueno es Mojica, y al mismo tiempo, disfrutar del excelente boxeo y probada bravura de ese gran Campeón que es Chionoi”, dijo Fleischer. El promotor del combate pactado a 10 asaltos fue Evelio Areas Mendoza, quien se atrevió a tomar el riesgo y presentar por vez primera en Nicaragua, a un Campeón Mundial.

En 1967 se acabó el béisbol profesional, y el fútbol había aprovechado ese bajón de voltaje para conseguir una proyección espectacular, apoyándose en las contrataciones hechas por los principales equipos. Pero el boxeo seguía siendo lo más excitante. Yo comencé a disfrutarlo en mi época de bachillerato. Vi pelear a Rayito, a Huerta, a Italo Adolfo Cajina, pero ninguno de ellos me emocionaba tanto como los pequeñitos “La Sombra” Meléndez y Kid Choreja. Años después, me parece que se fajaban todos los sábados, tanto en el ring oficialmente, como en la calle, a la brava.

Llegó el momento en que la gran figura era Mojica, y tras él íbamos todos, tanto en el Gimnasio viejo ubicado por el Colegio “Chepita de Aguerri” como en el Cranshaw; el poder de atracción del “Ratón” aseguraba grandes llenos.

Y esa noche del 8 de junio de 1968, con Evelio más nervioso que nunca, revisando los boletos que se vendían, haciendo cuentas en el aire, estábamos en el Estadio, legalmente, pagando la entrada.

Mojica pesó 114 libras y un cuarto por 116 de Chionoi. En el centro del ring, recibiendo las instrucciones del referee Ferny Carpentier, los dos se veían lo suficientemente vigorosos, y por supuesto, ansiosos.

El ingeniero Luis Zelema, Jorge Brown y el licenciado Álvaro Alegría, serían los jueces; y existía un mayúsculo interés con el conteo que presentaría Fleischer, quien utilizaría un sistema con máximo de 5 puntos por rounds, no 10, como sería oficialmente.

Tambores de guerra
Cuando sonó la campana, 10 mil corazones comenzaron a bombear tratando de ascender hasta nuestras gargantas. Ahí estaba la izquierda de Mojica en jab, fulgurante como un rayo láser, estableciendo distancia y advirtiendo con la derecha amartillada: parte de un plan cuidadosamente trazado por el entrenador mejicano Toño Aznar, contratado por la Cervecería Victoria gracias a las gestiones de Salvador Montenegro.

Mojica se movió siempre deslizándose, como si estuviera utilizando esquíes sobre el hielo. Sus rodillas sólo eran sometidas a flexión ligeramente y su movimiento de cintura, rápido, difícilmente perceptible. El secreto de su eficacia estaba en la coordinación mano-ojo. La vista de lince fijaba el objetivo, y su zarpazo de zurda, lo más parecido a un signo de taquigrafía, era el gran complemento. Sobre un movimiento pausado, buscando la distancia y el ángulo, Mojica construía sus ofensivas combinando manos velozmente arriba y abajo, o sorprendiendo con cruzados violentos.

Sus ojos, siempre bien abiertos, como los de un buscador de oro.

Chionoi era toda armonía y llamativamente elástico. Sus piernas muy rápidas y sus puños funcionando como pistones en el cuerpo a cuerpo. Podía atreverse por su longitud de brazos a tratar de cambiar izquierdas con “El Ratón”. Lo clave sería su resistencia, y la destreza para evitar que los ganchos lo golpearan abajo con contundencia. Mojica era un cirujano trabajando en el hígado de su enemigo. ¿Quién prevalecería?
¡Cómo se creció!
Mojica se agigantó realizando la pelea de su vida. Frente a un rival tan preciso, Chionoi se vio obligado a buscar cómo aplicar variantes.

¿Cómo llegar al “Ratón” sin correr el riesgo de recibir esas estocadas a ratos agobiantes? Chionoi intentó cambiar de perfil, pero se sintió incómodo porque “El Ratón” giraba convenientemente hacia su derecha y ganaba los anticipos. Aquello fue fina estrategia ajedrecística en vista del profundo respeto existente entre ellos.

El sólido contragolpe de Mojica frustró los intentos de arremeter que Chionoi ensayaba. El tiempo avanzaba, las tarjetas se agotaban, Fleischer apuntaba, Chionoi se preocupaba al no poder resolver; el público se agitaba, las vigas del Estadio vibraban y los corazones de 10 mil retumbaban. El choque de cuero y carne producía un sonido seco. Lo sentíamos y estábamos sudando, tanto como ellos, y sufriendo, seguramente más.

Siempre encima
En la gran noche de Mojica la Luna se detuvo para que las imágenes nos llegaran con mayor claridad. ¿Cuántas izquierdas envió “El Ratón”?, esa es una pregunta con la respuesta ligada a otra interrogante: ¿En qué momento del combate Chionoi no vio la zurda del “Ratón” estar viniendo hacia él con un certificado de peligro?
Ninguno estuvo en peligro de caer, y el round más excitante fue el noveno. El tailandés trató de acelerar consciente de que se estaba quedando corto, pero Mojica también intensificó su ritmo. Dos violentos cambios de golpes provocaron rugidos que se escucharon en Tiscapa, y Chionoi, prudentemente, terminó replegándose para hacer un rápido replanteo.

Mojica fue encima. No podía concederle distancia, y sobre esa pauta, trabajó en el round 10. Cuando sonó el último campanazo terminando el combate, las torres del Estadio, derritiéndose de admiración, se inclinaron para saludar a Mojica. “No tengo excusas. Ganó bien”, dijo con una hidalguía sacada de las páginas de Cervantes un Chionoi que luchaba por ocultar su frustración. La revancha, será por el cinturón, pensamos, pero eso nunca ocurrió.

Lamentablemente, otro gran proyecto que le hubiera permitido a Mojica coronarse, su pelea con el argentino Horacio Acavallo, atrapado por el desgaste, fue descartado y es todavía tema de encendidas discusiones.

Cifras claras
Las tarjetas marcaron 98-92, 99-92 y 97-94 a favor de Mojica. Según Fleischer, “El Ratón” triunfó 47-45. “Es la mejor izquierda que he visto en largo rato”, dijo el experto. Chionoi sólo se quejó del calor. Estaba extenuado después del combate, y el doctor Pedro Sequeira ordenó un examen porque el Campeón se veía mareado. Presentaba además un hematoma en el pómulo derecho. “Me sorprendió con su consistencia y seguridad. Es un peleador muy difícil, pero estoy dispuesto a volver a enfrentarlo”, dijo Chionoi.

El pasado es siempre una morada, dice Mario Benedetti, y agrega: “No podemos evitar que una parte de nosotros active el pasado transmutando los momificados hechos en recuerdos por siempre perdurables”. Cuarenta años después, todavía estoy viendo al “Ratón” atacando con esa izquierda fulgurante, precisa, dañina, elevándose hacia las esferas de la grandiosidad derrotando a un gran Campeón en pleno apogeo.

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