Edgard Tijerino
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Hay mucha exigencia sobre Román “Chocolate” González. Siempre vamos a detenernos más en lo que creemos le hace falta, que en el aprecio de sus virtudes. Recuerdo cómo se calificó constantemente como “bultos” a los rivales que Alexis Argüello destruía, incluyendo al ex campeón mundial José Legrá. “Se dejó caer”, gritaron cuando la pelea acabó en el primer asalto.

No existe peleador perfecto por una sencilla razón: en un territorio tan pequeño como lo es el limitado por las antiguas doce cuerdas, estás expuesto en cada instante. Es por eso que púgiles increíblemente hábiles, con poder y aguante, como Robinson y Leonard, fueron cortados, tumbados, acorralados y vencidos,
Pero siempre fueron “lo máximo”, y lo siguieron siendo después de sus retiros. Aquí nadie ha escapado a esas exigencias que ahora aturden un poco a “Chocolate”. Cuando se proyectaba Hermógenes Prado, ocurrió lo mismo.

Con sólo 20 años y buscando una corona mundial en las 105 libras, González se deja prender por el fuego de su temperamento y decide ser agresivo manejando la media distancia, para evitar que la cabezada Juan Centeno funcione como un tercer puño.

Pronto, cuando entra en calor, coloca la cautela a un lado y logra volcarse. Lleva la pelea hasta liquidar al rival en el tercer asalto y se apunta otra victoria sin dejar dudas.

Claro que se trata de un púgil en formación, pero con mejor armamento y superiores habilidades que algunos que han logrado coronarse campeones mundiales. Uno quizás preferiría verlo progresar un año más, atravesando por cuatro o cinco peleas; pero él y su equipo están apurados.

Se vio bien, aunque se diga que le entran golpes, que falla al disparar. ¿Quién escapa a eso? También les entraba golpes y fallaban Argüello y De la Hoya, pero fueron grandiosos.

Tomemos ese “Chocolate” con calma.