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Los Lakers de Los Ángeles van a intentar una misión hasta hoy imposible: ganarle tres partidos consecutivos al campeón del Este, lo que Boston no ha permitido desde el mes de febrero, y algo que nunca ha ocurrido en finales de la NBA.

Además, los últimos dos partidos de ese trío de cotejos se escenificarán en el Garden de Boston.

No se puede culpar a que las bolas no se metieron en el aro, como el en primer cotejo. No hubo fatiga, como en el tercero. Perder un partido en el que ganabas por 24 con 6:45 por jugar en el segundo cuarto, y por 20 a mediados del tercer cuarto, no tiene excusa.

Ni siquiera el escarmiento del director técnico Phil Jackson en el vestuario a sus muchachos durante el descanso, repetido en caso que no se entendiese, bastó: “Tenemos que ganar el tercer cuarto. Tenemos que ganar el tercer cuarto”. Lo perdieron 31-15. Han perdido los cuatro terceros cuartos en estas Finales, por un promedio de casi 11 puntos.

Ningún equipo ha remontado un déficit 1-3 en unas Finales para alzarse con el trofeo Larry O’Brien. En series de hasta siete partidos sólo ocho equipos han remontado ese hoyo. El más reciente: los Phoenix Suns lo lograron ante los Lakers en la primera vuelta hace dos postemporadas.

Si los Lakers ganan el quinto partido se enfrentan al peso de la historia: ninguno de los ocho equipos que viajaron a casa ajena, obligados a ganar los últimos dos partidos de unas Finales para campeonar tuvieron éxito, desde que se adoptó el formato 2-3-2 en 1985.

Fue el ingreso de Eddie House, francotirador sin brazo izquierdo si tiene que driblar, con siete minutos por jugar, y la decisión errada de Jackson de sacar de cancha a Derek Fisher por cometer una pérdida, que abrió las compuertas. En cuestión de esos siete minutos la ventaja de 20 se esfumó, y Boston pisaba los talones por dos al comenzar el último período.

No sólo fue la alineación chica de los Celtics la que Jackson no igualó hasta que era muy tarde; era el reconocimiento de Boston de que Los Ángeles pecaban de exceso de confianza. Se notó en su selección de tiros, en la manera que los internos de Boston recorrían la cancha y madrugaban a Lamar Odom, Pau Gasol y Vladimir Radmanovic, una y otra vez.

Hay que destacar el desempeño de Kobe Bryant. Sin él, este equipo no estuviera en las Finales, pero no ha dominado una destreza que Su Majestad desplegaba al fin de su carrera. Bryant se convierte en enzima ofensiva en la primera mitad, intentando sólo cuatro tiros (todos errados), con seis asistencias y cuatro robos.

“Algo que me inquietaba es que Kobe no había anotado un gol de campo en la primera mitad”, reseñó Jackson. Los Celtics “sabían que, hombre, saldrá buscando su tiro en la segunda mitad, así que frenémosle como equipo. Se comprometieron como equipo en la segunda mitad y no tuvimos otros jugadores que protagonizaran y contribuyeran en la segunda mitad”.

Cuando tira y cuando atrae la defensiva contraria para facilitar a un compañero, es de las artes más difíciles de dominar en este deporte, si alcanzas un nivel excelso como el que ha alcanzado Bryant.

Aún si hallas ese compañero, él tiene que justificar tu fe. En la segunda mitad, los reservas de Los Ángeles fallaron sus ocho tiros, los Lakers sus ocho intentos de triples. Pero Kobe forzó tiros, fallando nueve de 15 intentos en la segunda mitad.