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Igual que Bergomi en el Mundial de 1982, Luca Toni ha desviado su sentimiento religioso hacia la cuchilla de afeitar. El calor que aplasta el valle del Danubio no le ha disuadido. Esgrime razones estadísticas. Ha rematado 19 veces, ocho de ellas sin atinar siquiera con la portería, y no ha metido ningún gol en esta Eurocopa.

Es uno de los jugadores que más veces ha disparado, pero su cuenta está desierta. El único balón que mandó a la red, ante Rumania, no subió al marcador: fue anulado por fuera de juego inexistente. Por primera vez desde el Mundial de 1970 Italia no hace goles en jugada en tres partidos seguidos. Suma un gol de penalti, uno de córner y uno de falta.

Sin embargo, puede hacer explosión ruidosamente, como Rossi en 1982.

La hinchada da síntomas de nerviosismo. Los ojos de la nación se vuelven sobre el hombre solitario. Arrigo Sacchi, ex seleccionador, lo expresa así: “Sólo si nos organizamos bien defensivamente podremos meter a España en dificultades. Las ausencias de Pirlo y Cannavaro pesarán mucho. Esperemos, al menos, que Toni marque”.

Italia recurre a la historia como a las reliquias. La creencia popular da fe de que todo se repite en ciclos mágicos. Sólo se sabe que lo que sufre Toni no es nuevo. Le pasó en el Mundial de Alemania y marcó en el cuarto partido. Y hay más. Riva (1970), Rossi (1982) y Roberto Baggio (1994) padecieron el mismo vacío antes de convertirse en mitos. La única certeza es la coincidencia. Los tres eran italianos. Los tres marcaron sus primeros goles a partir de la cuarta fecha. Los tres llegaron a la final de un Mundial.

Nacido en Pavullo nel Frignano, en la provincia de Módena, el último bombardero italiano se empecinó en jugar al fútbol. No tenía demasiadas condiciones. Pero se las ingenió para debutar en la Serie B con el Módena. Al verle, talludo y torpe, los hinchas le retiraron la confianza. A los 17 años escuchó los primeros pitos y las primeras sugerencias desde la grada: “¡Vete a cargar muebles, gigante!”.

Vacilante, comenzó a deambular por Segunda y Tercera. Los seguidores del Émpoli, el Fiorenzuola y el Lodigiani le vieron sufrir largas sequías. Entre 1996 y 1998 marcó tres goles en 30 partidos. Ponderó el abandono. Habría sido lo más razonable. Pero a veces el fútbol y los futbolistas transitan por caminos que la ciencia no explica. Toni tuvo una explosión tardía. Con 26 años, en el Palermo, se convirtió en una máquina de goles.

Toni es el arquetipo del delantero centro. Diestro, pero apañado con la zurda, alto (mide 1.93 metros), con ritmo de salto y astuto para ganar la posición a los defensas. Se autodefine como hombre de área. De los 39 goles que marcó esta temporada con el Bayern, no hubo ni uno solo que lograra desde fuera de la zona de penalti. El delantero, de 31 años, habla del área como de un estado mental: “Sólo me concentro en el juego si estoy dentro del área”, dice; “otros se pueden concentrar fuera. Yo no estoy para eso. Si me concentro, con una ocasión, marco”.

Su seleccionador, Roberto Donadoni, le disculpa: “Luca es muy útil para el equipo. Es la referencia, el hombre que aguanta la pelota de espaldas y que espera a que lleguen los demás. Contra Francia hizo dos cosas que valieron como dos goles: provocó la expulsión de Abidal y nos dio un penalti”.

Contra España no se sabe qué hará Toni, pero llevará bigote, procurando que la magia incline la balanza del lado de su eficacia.