Jorge Eduardo Arellano
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Durante el Mundial de Alemania, el portero Buffon acostumbraba a invocar a la suerte con lo que los italianos llaman scaramanzia. Una conjura supersticiosa.

Desde el primer partido, el hombre se sentaba en el vestuario y ante sus compañeros proclamaba: “Hoy no me meten ni un gol”. Durante esta Eurocopa, dicen que Buffon ha preferido quedarse callado.

Buffon es un supersticioso analítico. En el Mundial de 2006 repasaba a sus compañeros, sobre todo a los encargados de filtrarle los ataques del adversario, y veía a Nesta, a Cannavaro y a Materazzi. Los tres se podían contar entre los cinco mejores centrales del mundo. La scaramanzia era inexorable. Cuando Buffon llegó al Estadio de Zúrich, antes de debutar contra Holanda en esta Eurocopa, lo que vio a su alrededor fue a Cannavaro con muletas, a Materazzi pasado de kilos y a un grupito de reservas con aspecto provisional, entre los que destacaban Barzagli y Chiellini. Entonces resolvió afrontar al destino en silencio. Le acompañaron Barzagli y Materazzi. Al cabo de dos horas, cuando regresó para ducharse, los holandeses le habían metido tres goles.

En los tres partidos que lleva jugados en el Europeo, Buffon ha recibido cuatro goles. En las siete jornadas que duró el Mundial de Alemania recibió dos: uno se lo metió Zidane, de penalti; el otro fue un gol en propia puerta de Zaccardo.

La prensa italiana bautizó a la pareja Materazzi-Cannavaro como Muro di Berlino. Después de la goleada de Zúrich, los periódicos cambiaron: Muretto di Zurigio.

La lesión de Cannavaro antes de comenzar el torneo precipitó los problemas. El central del Madrid sufrió una rotura en los ligamentos del tobillo izquierdo que le mantendrá de baja tres meses. Fue el primero en caer. El siguiente fue Barzagli: el central del Palermo se rompió el menisco de la rodilla izquierda el lunes. El socavón de la zaga dejará a Donadoni con un producto de las circunstancias. Su estrategia consistió en alinear a Materazzi y a Barzagli. La cambió inmediatamente después de la goleada ante Holanda. Los titulares no volvieron a pisar el campo. Contra Rumania y Francia jugaron Panucci y Chiellini.

Panucci y Chiellini son todo menos un símbolo de la solvencia defensiva italiana. Ninguno estuvo en el Mundial de 2006. Panucci, porque había roto relaciones con el seleccionador, Marcelo Lippi; Chiellini, porque era demasiado joven. Ambos son laterales reconvertidos, gente de carácter y oficio, pero sin demasiada cintura y con poco pie.

A diferencia de los equipos históricos de Italia, la actual selección no exhibe un símbolo en su última línea. No hay un Facchetti, ni un Gentile ni mucho menos un Baresi. El último líder, Cannavaro, se pasea por la concentración de Baden como un delegado. Ayer no se mostró eufórico cuando habló de Panucci y Chiellini: “Son jugadores que tienen una gran experiencia. Un jugador joven como Giorgio tiene muchas ganas y mucha fuerza. Contra Francia no sólo fue la línea de zagueros la que se implicó en el trabajo defensivo. Fue todo el equipo”.

Donadoni no quiso admitir ayer que hoy pondrá a dos centrales en los que nunca había pensado. “Siempre he contado con ellos”, dijo, “aunque no sean centrales naturales. Me ofrecen una versatilidad que me permite convocar a un defensa menos, porque los puedo usar en dos puestos”.