Edgard Tijerino
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Fue algo enloquecedor e infartante. El duelo de las mil y una muertes. Así hubiera graficado Sergio Ramírez la impredecible, estrujante, apasionante y dramática batalla alargada a cinco sets, que protagonizaron ayer en Wimbledon, con los corazones por saltar hechos añicos, el español Rafael Nadal y el suizo Roger Federer.

¡Que derroche de energía y de coraje mientras trataban de avanzar de aquí a la eternidad en una balacera que no parecía tener fin!
Los huesos de cada uno de ellos estaban sudando copiosamente, en tanto sus pulmones se aproximaban al punto de colapsar, sus piernas parecían de trapo y sus brazos estaban por derretirse.

Esa final de Wimbledon que Nadal le ganó a Federer 6-4, 6-4, 6-7, 6-7 y 9-7, y que por poco se extiende a la madrugada del lunes, tiene que ser el mejor partido de tenis de todos los tiempos; algo casi perfecto, como la pintura del techo de la Capilla. ¡Te lo perdiste Miguel Ángel!
¿Cuántas veces dimos por muerto a Federer después de verlo perder los dos primeros sets, frente a un Nadal de impecable destreza y rotunda potencia? ¿Cuántas veces Nadal no pudo apretarle el cuello al tenaz rival, capaz de todas las resurrecciones imaginables mientras salía varias veces de las cenizas para imponerse 7-6 en dos sets angustiantes, equilibrando el juego? ¿Cómo fue posible verlos sobrevivir de uno y otro lado, hasta que Nadal se encaramó en la cima del Everest triunfando 9-7? ¿Por qué la multitud se quedó preguntando quién ganó y quién perdió?
¡Que juego amigos!, casi perfecto. Ellos estuvieron entrando y saliendo del laberinto de Dédalo, sin ningún hilo, a raquetazo limpio, disparando balazos hacia todos los rincones, con una precisión computarizada y un alarde de agallas que oscurecía a los cuatro fantásticos.

El primer quiebre de Nadal, muy temprano, fue decisivo para ganar el primer set 6-4; ¡y qué decir del despegue de Federer en el segundo set!, con ventaja de 3-0, obligando a Nadal salir difícilmente de diferentes agujeros, escapando a quiebres que parecían inevitables, para igualar y triunfar 6-4, dando por “muerto” a quien buscaba su sexta corona consecutiva en Wimbledon.

Luego los cambios de metralla, la variación de ángulos y velocidades, las apariciones fantasmales y aquella racha de cuatro puntos de Federer en el tie-breaker, para rematar con un saque mortífero imponiéndose 7-6; y de inmediato, otra lucha fiera, fría y certera, con Federer sacando magia de la manga de la camisa para dominar cuatro boleos saca-chispas, forzando otro 7-6.

Y luego, después de una suspensión por lluvia, mientras el Sol se quedaba sin baterías, en ese quinto set, con jugadas de fantasías, con una vitalidad asombrosa y capacidad de cobertura extraordinaria, con latigazos impactantes, con ataques al cuerpo quebranta huesos; Nadal, el Rey de Roland Garros, atrapó su primera corona en Wimbledon con 9-7.

La tensión, la intensidad y la locura cubrieron todo Londres. No se puede jugar mejor y más electrizante tenis que el visto ayer en La Catedral. Pueden ponerle sello.