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Pocas veces tiene uno la oportunidad de asistir a los festejos ruidosos de la construcción de una estructura metálica y aun tener tiempo de verla entrar en una agonía irreversible. Cuánta razón tenía Santo Tomás. ¡Ver para creer! Toda nuestra generación celebró jubilosa la edificación del Polideportivo España. Fue un ungüento sobre la enorme herida que provocó el terremoto, que decapitó el centro de Managua la noche fatal del 23 de diciembre de 1972. Para compensar las pérdidas, con su tradicional altruismo, España decidió abrir un espacio de recreación para los capitalinos. Su gesto sirvió para amortiguar un poco el déficit acumulado de instalaciones deportivas en el país.

El sismo tumbó al Gimnasio Jorge Buitrago de la Universidad Centroamericana. En esa maravillosa arquitectura viví, como muchos, momentos placenteros por lo emocionantes. Tuve la dicha de verse batir en encuentros impredecibles al quinteto de básquet de la UCA contra el Fénix de Masaya. Desde las graderías divisé el perfil de ébano de las hermanas Green, Isabel y Carlota. Su decisión irrevocable por labrarse su propio espacio en el deporte nacional, sabidas como estaban de la merecida fama que gozaba su padre, la inolvidable Gacela, Eduardo Green. Carlota era la favorita de todos. Subía el pulso y agitaba los corazones de sus admiradores.

Las barras de masayas subían de tono ante la gritería estruendosa de la fanaticada universitaria. El poeta René Daniel Quintana ya era un auténtico icono del deporte nicaragüense, no sólo de los seguidores de la UCA. Viendo jugar voleibol al camoapeño Jaime Aráuz, en este mismo sitio, comprendí por qué era el mejor jugador del seleccionado nacional. Mi admiración por Jaime se debía a que el único deporte que jugué con alguna solvencia fue el voleibol.

Sentí la desaparición del gimnasio de la UCA como una fuerte dentellada sobre mis débiles carnes. Se cerraba un espacio para expandir el cuerpo y cultivar el espíritu. En ese gimnasio leí mi primer ensayo literario, sobre el discurrir político de los inmortales Jorge Luis Borges y Pablo Neruda. La cancha de los Marañones en la Colonia Centroamérica se convirtió entonces en el verdadero epicentro del básquet. Edgard Tijerino Mantilla, mi amigo de siempre, terminó de catapultar mi entusiasmo por las distintas disciplinas deportivas. Me llevó a ver entrenar al Toro Coronado en las instalaciones de la Acción Cívica de la Guardia Nacional. Me presentó a Alexis Argüello en la Arena Kennedy. Evelio Áreas Mendoza se aparecía por La Prensa para pedirle a Edgard que anunciara sus famélicas carteleras de boxeo.

La alegría que sentí cuando se construyó el Polideportivo España ratificó mi entusiasmo por el básquet y el voleibol. Seguí de cerca los pasos de Clifford Scott, George Stackhousen, Emigdio Rodríguez, Silvio Fuentes, el Chivo, Johnny Wilson, Derick Omier, Hedí Almendarez, Hercel Gallop; después llegaría Sammy Lambert. Caminos, auspiciado por el gobierno, se llevó a Clifford a su más notable anotador. También vistió su uniforme Johnny Wilson. Tito Ruiz se encargaba de comandar la tropa. Los duelos encarnizados eran entre Lambert y Clifford. Los dos eran mis predilectos, así hubiesen otros con iguales o mayores atributos.

Edgard se metía entre el bullicio para practicar su deporte predilecto: la controversia, el debate abierto saturado de humor. Era un contradictor formidable. Pienso que desde aquella época ya tenía incubado el virus de la discusión, y estos lances eran únicamente las primeras manifestaciones de su futuro liderazgo ante la opinión pública nacional.

Ambos crecimos juntos. Edgard renunciando a los estudios de Ingeniería se metió de lleno al periodismo y yo deserté del ejercicio del Derecho. El terremoto desplazó a Edgard hacia Puerto Rico. Un año después regresó más sabio y seguro de su valía. Se había codeado con grandes cronistas deportivos y había mostrado su temple.

En esos años el Polideportivo España se convirtió en mi refugio vespertino. Con puntualidad alemana acudía a ver los juegos de básquet. Era un alero franco para despertar la modorra, la casa predilecta de varias generaciones de deportistas. Jugadores/ras de básquet y voleibol alcanzaron la gloria en sus tabloncillos. Todavía siento retumbar en mis oídos el sonido estridente de las sillas metálicas, celebrando el dunking de Clifford ante el desconcierto de Lambert. Su piscina olímpica causaba orgullo. Por las madrugadas decenas de capitalinos, competidores federados o no, entrenaban en sus aguas. Ante la catástrofe hoy pocos alzan la mirada. Si la ven es para lamentarse de su mala suerte.

Como marchan las cosas, esta estructura entrará en desuso. El Polideportivo ha entrado en una agonía que pareciese indetenible. Sucio, descascarado, con sus mallas rotas, un sistema de iluminación deficiente, una pizarra dañada y parte de sus asientos desprendidos para llevárselos tal vez a solventar otros males. Despintado, el tabloncillo fue arrancado. Tiene que jugarse sobre cemento revestido. ¡Dios nos guarde! Cómo resentirán los atletas el deterioro de sus rodillas. Como una derivación de su abandono, ha sido convertido en vecino de un feo basurero. Los habitantes de Bosques de Altamira tiran sus desperdicios frente al coloso todas las mañanas. Lúgubre hasta en sus mejores días, cuando se congregan los jugadores/as de voleibol o de básquet, para despertar la abulia y mantener viva la esperanza de que el Polideportivo no deba morir.

Creí que el cambio de gobierno traería vientos refrescantes. Pensé que una de las primeras acciones del Director de Deportes, Marlon Torres, quien encestó sus últimas canastas en esta infraestructura, estaría encaminada a contener la hemorragia y darle respiración boca a boca. Fallé el tiro. Marlon llega de vez en cuando, como uno más o uno menos, puesto que pareciera no darse cuenta del deterioro progresivo del Polideportivo, ni de las responsabilidades que le asisten como el más alto dirigente deportivo gubernamental. Los últimos asientos fueron removidos durante su gestión. ¿Rectificará?
La piscina, por sus dimensiones, es un inmenso hueco resquebrajado. El techo se filtra poniendo en peligro la seguridad de los atletas. Los juegos tienen que ser paralizados, esperando que acampe la lluvia. Mientras la Universidad de Managua (U de M) se regodea con su gimnasio y la Universidad Politécnica (Upoli) termina de construir el suyo, la UCA debe apurarse en construir sus instalaciones deportivas. ¡Mayra Luz, anímate! En el Polideportivo se detuvo el tiempo. Es un armatoste antediluviano. Un verdadero dinosaurio. Un objeto olvidado.

Lo poco que se ha hecho para adecentarlo se debe a la iniciativa de la Federación de Voleibol. Con tenacidad y compromiso filial, René Quintana prosigue su tarea todos los días, entrenando a la selección nacional de voleibol femenino y a las nuevas camadas de relevo. En verdad pocos parecieran interesados en detener su viaje en picada. Bebedores curtidos y malandrines acechan, roban y atropellan. Su última presa dentro de sus instalaciones fue la educadora Renata Rodrigues, Vicerrectora académica de la UCA. Tirada al piso para robarle su cartera. ¿Será cierto que la poca asistencia al Poli se debe a que no presta la debida seguridad, como opinan algunos? Algo tiene que hacerse, cuanto antes mejor. Ante el infortunio este bastión no puede desaprovecharse. Todos salimos perdiendo. Especialmente la juventud nicaragüense que no tiene donde reclinar su cabeza.

En las instalaciones del Polideportivo no sólo se juega básquet y voleibol. También hay jornadas de yudo y karate. Ministerios de Estado, Ejército, partidos políticos, universidades y organizaciones religiosas se sirven del Poli. Con el mismo interés con que lo utilizan, deberían proponerse como meta evitar su agonía prematura. No hay tiempo que perder. Mañana será tarde. ¡Ahora o nunca!
¿Existirán oídos receptivos para atender estos lamentos? ¿Será el gobierno, quien dice interesarle el futuro del deporte en Nicaragua, o el sector empresarial, quien dará el primer paso? ¿El alcalde Dionisio Marenco se mostrará sensible a este llamado? Si hace números, con el costo de los combustibles, ¿no le resultará más barato invertir en su reacondicionamiento que enviar todos los días un camión para levantar la basura? ¿Serán los forjadores de esta obra deportiva, los diplomáticos españoles, quienes escucharán mis ruegos? ¿Ante la constancia y los reclamos de las nuevas y viejas generaciones de deportistas, se decidirá Marlon a invertir parte de su presupuesto para reparar la injusticia?
Una obra como ésta no puede ni debe morir. Alzo mi voz. ¡Ojalá el mío no sea el canto del Cisne! A vos Edgard, que me señalaste la ruta y a quien tanto importan los deportes, te corresponde hacer lo tuyo. ¡Espero no rehúses esta invitación!