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Desde Nueva York

El cáncer es implacable. Una vez diagnosticado, te mantiene en dos bolas sin strike con el látigo derecho de Walter Johnson amenazante. El sábado vino con una bola de humo encima de Bobby Murcer. Las muñecas del viejo artillero no respondieron y se esfumó en el cajón de bateo a los 62 años.

Hay una imagen de Bobby Murcer que permanecerá por siempre en mis recuerdos. Hace 36 años, corriendo la temporada de 1972, cuando por vez primera visité Nueva York invitado por Carlos García, mientras trataba de controlar mis emociones entrando a la casa que Babe Ruth construyó, el legendario Yanqui Stadium, ese mismo en el que retiré ayer mi credencial para el Juego de Estrellas, miré hacia el center fielder, la zona sagrada de mis ídolos de niñez y adolescencia como yanquista incurable, Joe Dimaggio y Mickey Mantle, y ahí estaba Bobby Murcer.

Como Mickey, nació en Oklahoma, y aquellos Yanquis del 72 tratando de salir de los escombros luego de haber sido sepultados por varias erupciones, tenían a Murcer como su figura cumbre, encima del gran catcher Thurman Munson, quien pereció en un accidente aéreo. Steinbrenner todavía no había llegado al rescate y el Yanqui Stadium estaba por ser reconstruido, cuando Murcer batallaba con un equipo sin pitcheo, pero además sin bateo y sin fildeo. Algo próximo a lo catastrófico con Ralph Houk como el Capitán Smith, ya con el Titanic destrozado.

Igual que Mantle, Murcer debutó como short stop en 1965. Así que se juntó con su ídolo en el mismo dogout y le dedicó a Mickey desvaneciéndose su primer jonrón. Fue entonces cuando dijo: “Quiero ser como él”. ¿Otro Mantle?, se pregunto el cronista de la entrevista Josehp Durso, ya fallecido, pensando seguramente: ¿Otro Himalaya? ¿Otra pirámide como las de Egipto?
Murcer nunca fue grandioso. Su porcentaje de 277 con 272 jonrones y 1,043 empujadas entre 1965 y 1983 antes de continuar como locutor de los Yanquis, lo colocan en el territorio de lo común pese a su multiplicación de esfuerzos.

En 1974, después de su quinta temporada consecutiva de 20 jonrones, Murcer fue enviado a los Gigantes a cambio de Bobby Bonds, provocando mucho ruido. Ni el uno ni del otro llegaron a impactar, y en 1977 fue transferido a los Cachorros, usando por fin el número siete de Mantle.

Regresó a los Yanquis como pelotero en 1979 y todavía estaba activo sin hacer mucho en 1982, lo que le permitió ser también compañero de Don Mattingly, otro de la realeza en el palacio de Buckingham del béisbol.

El hombre que lloró cuando murió Thurman Mundson y que sintió que se le abría la tierra cuando murió Mantle, fue doblado por la cintura el sábado victima del cáncer. No fue grandioso, pero tuvo significado como yanqui y eso llena una tumba.